Sombras chinas

Con un lápiz, a la medida de esos que regalan en la famosa tienda sueca de muebles, subrayé: “Amar era comprometerse a amar incluso cuando ya no se amaba totalmente, por respeto a la promesa de haber querido amar siempre”. La frase estaba rescatada de la lectura de La mejor parte de los hombres, la primera novela de otra gran revelación de la literatura francesa, Tristan Garcia. Supongo que las grandes revelaciones cada vez tienen menos tiempo para disfrutar de su reinado, de ese spa para promesas en el que se instalan, porque, prematuramente, antes de que se den cuenta, ya han dejado paso a futuras grandes revelaciones que, a su vez, preceden por un instante a las grandes revelaciones pendientes. Convivimos en un sistema que prefiere las revelaciones a las revoluciones. Supongo que, en el fondo, eso es madurez.

A veces, de una revelación surge una revolución. Acerqué el lápiz a los dientes. Estuve a punto de morder el moño italiano de goma de borrar que le coronaba, al estilo Betty Draper cuando visitaba Roma en la tercera temporada de Mad Men, pero algo me despistó. El lápiz tenía una frase impresa: “Create your own…”. Hazte a ti mismo. Podría ser el eslogan de una marca de coches o de una fragancia cara pero, en este caso, estaba en el cuerpo del lápiz que acompañaba a un paquete de servilletas de papel que compré en Amsterdam. Sí, viajo a Amsterdam y compro servilletas de papel. Soy así.

La consignas de ese tipo –“create your own”- siempre me han parecido una pretenciosa pero efectiva declaración de intenciones que debe su importancia al hecho de que nos trata, a cada uno de nosotros, como receptores exclusivos del mensaje. Como si fuésemos los únicos que escuchan, como si no hubiera nadie más ahí, como si aquello fuera una revelación divina, como si fueras una pequeña Bernadette Soubirous a la que se le aparece Iggy Pop. Necesitamos sentirnos únicos para poder hacer cosas únicas. Necesitamos que nos cuenten historias para aprender a contar historias.

El martes pasado, Arturo Ruiz Serrano y Toni Bestard, me contaron una historia. Bueno, realmente me contaron muchas porque las historias son como las ramas de los plataneros, que se juntan unas con otras, y acaban creando un enrejado laberíntico del que parece imposible escapar. Su historia estaba dentro de una gran historia titulada El perfecto desconocido, el primer largo de Bestard. En ella, un policía le explicaba a un viajero irlandés (Colm Meaney) el truco de las sombras chinescas. Habrá personas que se entretengan con el flexo. Otras se fijarán en un bote de lápices y en las manos del ombrómano. Y otras, observarán la sombra proyectada en la pared, donde un alce come ramas de unos arbustos. Éstas últimas, son las que saben mirar.

Me gustaría que todos los profesionales que han trabajado en El perfecto desconocido, rodada íntegramente en Mallorca, nunca sintieran el más mínimo deseo de dejar de contar historias. Eso no depende de mí; está en ellos, en el adn de hombres y mujeres que levantan proyectos culturales en tiempos en los que parece que solo lo rentable tiene un lugar. Gente que se va haciendo a sí misma y que, con su trabajo, ayuda a que los demás nos sigamos construyendo.

El martes pasado llovía en Madrid. Pero nos daba lo mismo. Era un buen día. La sensación de estar rodeado de mallorquines, en la ciudad que encumbró a Jaume Matas, en el mismo día en el que un juzgado de Palma le condenaba a seis años de cárcel por cinco delitos de corrupción, es imborrable. Quiero pensar que cuando Rajoy, en 2004, dijo que quería hacer en España lo que Matas había hecho en Balears, no se refería a esto. Puede que Matas también se hiciera a sí mismo; el problema es que se hizo mal.

Al llegar a mi portal, abrí el buzón. Encontré una publicidad de los Testigos de Jehová. Su reclamo publicitario era: “¿Está el final más cerca de lo que pensabas?” Los Testigos de Jehová no son analistas políticos y económicos, por lo tanto, no me estaban hablando de crecimiento y recesión. Aunque algunos ya lo sitúan en 2018. Y no pensé en el camino que nos queda por delante. Pensé que, entonces, cuando Matas saliese de la cárcel, la crisis habría acabado. Menos mal que me puse en el iPod el álbum de Gotye y disfruté, porque no hubiese soportado que una absurda burla del destino me jodiese una buena noche.

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Un Comentario

  1. Economista economicista

    ¡Qué preciosa frase! Las crisis financieras duran dos años, las de construcción alrededor de ocho, las de consumo unos tres, las de empleo entre cinco y diez… ¡Espero que no haya que sumarlas, porque nos ponemos en 2050! Nota al pie: Japón nunca se ha recuperado de su crisis desde 1992, y ahí siguen.

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