Aún estoy vivo

No creo en las señales, excepto en las que deja en la piel una noche de excesos. No creo en una fuerza del más allá que provoque efectos paranormales en el más acá con el objetivo de llamar nuestra atención hacia asignaturas pendientes de seres finados, como si fuésemos una especie de médiums de serie de televisión para adolescentes.

Sin embargo, creo en las coincidencias. Y creo que a veces se acumulan y suceden cosas a nuestro alrededor, aparentemente sin importancia, que no pretenden llamar la atención con un objetivo trascendental, no. Simplemente quieren comprobar que aún somos capaces de detenernos ante los instantes, que no hemos sido absorbidos por un sistema que nos maneja como hormigas teledirigidas que entran y salen de la boca del metro sin mirar a su alrededor.

Esta semana, la casualidad ha hecho que me fijase en dos situaciones cotidianas que, si bien no tienen mayor importancia, me han inspirado estas líneas.

Hace bastantes días que un oyente de Wisteria Lane, y antiguo escuchante de La Transversal, nos había regalado, a José Martret y a mí, dos tazas decoradas con diferentes personalidades lgtb, desde Andy Warhol a Oscar Wilde, pasando por Gertrude Stein. Si uno miraba la taza, veía que estaba rodeada de puertas y ventanas cerradas. Pero cuando echabas en su interior un líquido caliente, las puertas y ventanas se abrían y las diferentes imágenes de gays y lesbianas famosos aparecían, como el gato de Cheshire, sonrientes, suponiendo que Andy Warhol sonriera alguna vez.

Esta semana, alguien metió esa taza en el lavavajillas. El resultado ha sido la desaparición completa de alguna de esas puertas y ventanas y, por lo tanto, de sus habitantes. Otras, han quedado reducidas a una pequeña amalgama de plástico seco y quebradizo que va desapareciendo entre tus dedos a medida que lo frotas, como la base quemada de una pizza.

Un tanto cabizbajo, me dispuse a iniciar mi rutina delante del ordenador. En el texto en el que estaba trabajando escribí la palabra ‘homófobo’. De repente, me di cuenta que mi procesador de textos no reconocía esa palabra y me la subrayaba, en rojo, para alertarme de mi posible error. Incluso me corrigió la palabra dos veces. La sustituyó por ‘homófono’, o sea, una palabra que suena igual que otra pero que difiere en el significado. Curioso.

Y de repente pensé en la taza, con los personajes desaparecidos o medio borrados, y en la palabra ‘homófobo’ subrayada en rojo sobre mi pantalla blanca. Posiblemente ya me hubiera sucedido más de una vez pero nunca le había dado importancia. Y ese día, sí. Me detuve ante esos dos hechos cotidianos y sentí un extraño escalofrío. Me recordé a mí mismo que no creía en las señales y que eso, de ser algo, era una casualidad. Una casualidad que había demostrado que, a pesar de todo, aún estoy vivo. Enseguida volví a mis tareas pero les confieso que esa misteriosa sensación de provisionalidad, me estuvo visitando el resto del día.

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