Consejos de madre

Los consejos de una madre son como las canciones del verano: te gusten o no te gusten, vas a tener que escucharlos. En el top five de las advertencias maternas hay dos que, los de mi generación, tenemos anotadas en el subconsciente en una fuente Arial Black con un cuerpo 24. Una está relacionada con la ropa interior; la otra, con los vecinos.

Sé que no somos pocos los que advertimos cierto interés por los calzoncillos y los calcetines. Somos una generación atenta a todas las novedades que surgen tanto para vestir tus pies como para cubrir tu área restringida. De eso, nadie tiene la culpa pero lo cierto es que nuestras madres nos inculcaron, desde bien pequeñitos, un temor que acabó por alterar nuestra conducta.

El otro día, al salir de casa, pasé por delante de una tienda de calzoncillos. Y me volvió a suceder. Escuché la voz de mi madre diciendo: “Pero, ¿cómo puedes llevar eso así? ¿Y si te pasa algo?” La clave estaba, sin saber muy bien por qué, en ese “si te pasa algo”. Para ellas, para nuestras madres, había una catástrofe implícita detrás de esa frase. Salías a la calle y, a partir de ese momento, daba igual si te atropellaba un coche, patinabas con una cáscara de plátano o sufrías una lipotimia; lo importante era saber si el calzoncillo y los calcetines que llevabas pasarían una ITV sorpresa. Porque claro, ellas, las madres, están en todo y rechazan la incertidumbre anticipándose a cualquier regate del destino. Ellas visualizan que, en el jaleo del incidente, te llevan al médico, te quitan la ropa y entonces haría su bochornosa aparición el calzoncillo viejo, el calcetín zurcido o, lo que es desde cualquier punto de vista inaceptable, el ignomioso ‘tomate’ de dedo gordo. Una vergüenza familiar, un estigma que marcaría al apellido de por vida. Para ellas, el calzoncillo y el calcetín son tan importantes como la tarjeta sanitaria. A la par.

Descubrir un roto en el dedo gordo de tu calcetín o comprobar que la tela del calzoncillo ya se transparentaba de vieja, provocaba en ellas una indignación, entre el horror y el bochorno, que cualquiera diría que habían visto un chihuahua con la cabeza de Paz Padilla correteando a sus pies. Esa escena, cuando tienes seis años, con tu madre corriendo a tirar la prenda a la basura o, lo que aún es más extraño, lavando el viejo ‘abanderado’ para convertirlo en trapos, condiciona una existencia.

Supongo que por eso acumulamos ropa interior y calcetines. Todos guardamos camisetas, pantalones, que definimos como ‘de batalla’, para esos días en los que hay que hacer limpieza general o pintar la casa de nuevo. Pero no podemos ni imaginar la idea de un calzoncillo o un calcetín ‘de batalla’. Nuestra mente rechaza esa opción. En mi último viaje a Londres me compré casi una docena de Lonsdale. Es verdad que estaban de oferta pero era mi subconsciente el que compraba; el mío y el de las dos personas que me acompañaban. Pensamos “y si me pasa algo” y saqueamos el expositor. Es como una manera de combatir ese miedo a la incertidumbre. Si bien, a diferencia de nuestras madres, no pensamos en accidentes ni anginas de pecho. Lo hacemos imaginando que ligamos por la calle o en la cola del paro y tenemos que hacer eso tan fílmico que es un ‘aquí te pillo, aquí te mato’. Y ahí notamos que el consejo materno se filtra. Porque en esas situaciones, es cuando un hombre se la juega.

Voy a intentar apuntar las claves del segundo consejo más importante para una madre: “Hay que llevarse bien con los vecinos. Nunca se sabe cuando los vas a necesitar”. En este caso, el subconsciente se ha rendido al paso del tiempo.

En los recuerdos de mi niñez y adolescencia, en un barrio que, por aquel entonces, era periferia de Madrid y hoy es Madrid, las vecinas están muy presentes. Empleo el femenino porque los hombres cedían esa parte del patrimonio de la convivencia vecinal a ellas. Ellos subían y bajaban las escaleras, iban o venían de trabajar. Ellas, sin embargo, también subían y bajaban las escaleras, cargadas con las bolsas de la compra, pero además se paraban en el rellano y hablaban. Confiaban las unas en las otras. Se echaban una mano. Las vecinas estaban tan presentes en mi vida que creo que aún soy capaz de recordar todos sus nombres. Y eran cuatro pisos con cuatro letras cada uno. Hoy, en el edificio en el que vivo, en el centro de Madrid, solo conozco el nombre de la portera.

Esta semana hemos conocido que dos de cada tres españoles tienen conflictos vecinales. Las razones más comunes son el ruido, el impago de derramas o los animales domésticos. Es curioso que el ruido, algo tan instalado en nuestra cultura, solo hay que escucharnos conversar en un bar un viernes por la noche, sea, a su vez, la principal causa de disputa. Los vecinos ahora te miran por la escalera con la desconfianza con la que se miraba al forastero que llegaba al pueblo en las películas del oeste. Hoy, cuando te mudas a un nuevo edificio, los vecinos no te ven como un posible conocido; te ven como un posible conflicto. La incertidumbre, otra vez.

Intentando hacerle caso al consejo de mi madre, procuro ser cordial con mis vecinos. El problema es que no los conozco. No sé quienes son. Llevo dos años y medio en esta casa y aún hoy descubro rostros nuevos subiendo o bajando la escalera. Habitan en el mismo edificio que yo pero no responden a un buenos días. Y si lo hacen, a veces es tan inaudible la respuesta que sospecho que lo dicen en la misma frecuencia que funciona un silbato para perros. Creo en la buena fe de ese consejo materno pero también creo que cada vez es más difícil llevarte bien con tus vecinos. Y más desde que un 12% de los españoles accede a internet a través de la red wifi de otro. Ya he tenido que cambiar la contraseña una vez. ¡Ay, país de piratas! Y luego nos quejamos de nuestros políticos…

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