El joven del cárdigan gris

Como la prenda más luminosa de un perchero lleno de cárdigan grises. Así se ve uno a los dieciocho. Supongo que, a esa edad, todos nos hemos sentido más rebeldes, más diferentes, más incomprendidos de lo que realmente éramos. Agitábamos nuestra adrenalina como si fuera una bebida carbónica, con ganas de liberar el zumbido del gas y salpicar caras y solapas de aquellos que creían que sus pautas eran las únicas pautas posibles. Tengo la sensación de que no importa la época, el lugar, ni la sociedad en la que te toque vivir; lo natural es rebelarte cuando el alma aún tiene el ímpetu necesario para resistir a la decepción.

Hace una semana, entré de nuevo en un aula universitaria. Me habían invitado para hablar de la entrevista. “Los formatos de la conversación”, así se titulaba la charla. Me enfrenté a una nueva generación de estudiantes de primero. Mientras hablaba, ellos, delante de sus ordenadores portátiles, chequeaban en internet los datos que iba aportando a la clase. Me apuesto cena, copa y polvo a que muchos estaban actualizando el Facebook. Otros, tuiteaban aquello que les llamaba la atención de mis palabras y me enlazaban al comentario, para que tuviese perfecta referencia de todo. Les hablé de mis prácticas en este diario en el que ahora escribo y les mencioné nombres ligados a mis primeros contactos con la entrevista como los de José Luis de Vilallonga, el escritor Carlos Fuentes o el humorista Pedro Ruiz. No sabían quienes eran. Hablé de la televisión, de Elvira Lindo, Antonio Escohotado, Ray Loriga,… La mayoría, no sabía quienes eran. Hablé de Christina Rosenvinge, y tampoco. Empecé a pensar que quizá el abismo generacional ya me había pillado en el acantilado contrario, en la parte en la que sopla el viento y organiza carreras de barrillas. “¿Sabéis quién es Jaume Matas?”, pregunté. La respuesta fue afirmativa. También conocían a Jordi Evolé, a Mario Vaquerizo y a Pablo Motos.

Entonces comprendí que ahora nadie estudia periodismo para escribir. Hoy la imagen mató a la estrella del teclado. Mi generación, aunque solo fuera por mantener la pose, siempre llegaba a clase con el periódico debajo del brazo. Ese día, no vi ningún periódico. Vi ordenadores y smartphones de última generación. En palabras de McLuhan –citar a McLuhan envejece-, “en la nueva cultura visual que nos rodea, la letra pierde importancia comunicativa ante la imagen”. Para ellos, su referencia es el aquí y el ‘en la tele’. No hay más. No necesitan más. Me sentí más contrariado yo, por haber empleado nombres tan lejanos a sus edades, que ellos por no saber de quién estaba hablando.

No dudé un instante que estuviera ante un grupo de personas mucho mejor preparadas que yo a su edad, pero empecé a sospechar de sus inquietudes. Quizá este dudoso sistema haya nutrido a una juventud que no quiere ser rebelde, ni incomprendida, ni diferente. Quizá solo quieran lo mismo que tuvieron sus padres. Quizá nos han confundido tanto que ante un perchero lleno de prendas luminosas, solo nos llama la atención el cárdigan gris.

Últimamente, y por razones que todos los que siguen este blog ya conocen, he recuperado a Antón Chéjov. En 1887, estrenaba Ivánov, la historia de un anciano de 39 años. Aún hoy, algunos críticos consideran que es una obra menor del autor de Tío Vania. Incluso el éxito no le acompañó en su premiere. Yo creo que ese texto trasciende a la época en la que fue escrito. Gracias al pesimismo que nos rodea, nuestra sociedad está llena de ivánovs, de personas tristes, asustadas; hombres y mujeres que, con cuarenta años, son rechazados en una entrevista de trabajo porque son “demasiado mayores”. Personas apáticas cuando la apatía no es un punto de partida sino cansancio, una consecuencia ante la persecución a la que el sistema somete a todo aquello que suene diferente o sospechosamente revolucionario. El pueblo tiene todos los argumentos para luchar contra el poder, pero el poder no le da las herramientas para hacerlo. Más bien, las deslegitima. ¿O qué otra cosa es pretender regular el derecho a la huelga? Si ese derecho ya es un derecho de plastilina. Es un pulso contra los poderosos que siempre ganan ellos porque un obrero no puede permitirse el lujo de que le descuenten 100 euros de la nómina por cada día que permanezca en huelga. ¿Hasta cuándo podrá aguantar esa familia la reivindicación? Es como si lo único que tuviésemos que hacer fuera introducir la papeleta en la urna cada vez que ellos decidan que tenemos que hacerlo. Y, a partir de ahí, someterte. Les acabas de entregar un cheque en blanco para hacer y deshacer a su antojo. ¿Quién no sentiría la apatía de un Ivánov si comprueba como esa historia se repite, y se repite, y se repite,…?

Tal vez eso también ayude a crear una juventud sometida. El sistema no quiere una juventud rebelde e inconformista. El sistema quiere muchos pequeños ivánovs a los que, dentro de unos años, acusar de desinterés, desidia e indulgencia, como el resto de personajes hacen en la obra de Chéjov. Supongo que lo que hay que hacer en estos casos, aunque nos planten un muro burocrático a cada paso, es no parar.

No parar. Reforma laboral. No parar. Fuga de cerebros. No parar. Aeropuertos sin aviones. No parar. Despilfarro de un otro que pagas tú. No parar. Recortes por todas partes menos en los privilegios de la clase política. No parar. Diputados que creen que la homosexualidad se cura. No parar. Y así continuamente.

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  1. El ahora es inherente. Los blogs que tratan la inmediatez se llenan de comentarios; los que tratan algo a dos días de distancia, quizá más sesudamente, ya con una reflexión pero llegando tarde, no.

  2. … es decir que los ‘trending topics’, por ejemplo, promueven mucho esto; cuan rápido se dice y no lo que se dice … ?

  3. Diego

    Paco Tomás, leo su blog a menudo y siempre consigue sorprenderme. Me gusta mucho su forma de ver la realidad y la forma en la que lo expresa.., es una verdadera delicia leer cosas así visto lo visto, y le pido que siga pecando de “inactual”, “poco interesante” o “nada rentable”. Muchos se lo agradeceremos.

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