Bibiana o la pasión

Realmente, yo quería hablar de Bibiana Fernández. Eso pretendo desde hace al menos ocho meses, cuando se estrenó La gran depresión en un teatro madrileño y nadie sabía que iba a ser la obra de la temporada. De hecho, creo que quiero hablar de Bibiana desde mucho antes. Desde un tiempo, desubicado en las razonables nieblas de la memoria, en el que la escuchaba cantar Call me lady champagne en un disco de varios artistas que tenía un tío mío que trabajaba en Hispavox. Mi adolescencia no fue especialmente turbulenta, no viví cada día como si fuera el último, algo que vendría muy bien para dar a este escrito aire de leyenda. Pero eso sí, albergué la sensación de ser eterno. Empecé a elaborar un apasionado mosaico de referentes que, instintivamente, iban modelando al mortal que soy. La manga era ancha, era manga japonesa, y en su interior cabía desde el vestido que Karina lució en Eurovisión hasta Espacio 1999 pasando por Adam Ant y Paul Michael Glaser. Todos hicieron un hueco a Bibiana; en aquellos años, Bibí Andersen. Admito que durante un tiempo pensé que era la misma mujer que trabajaba con Ingmar Bergman. Supongo que la razón, aparte de la similitud de los nombres, era que nunca había visto una película de Ingmar Bergman.

Tuvo que pasar mucho tiempo, tanto que incomoda recordarlo, hasta que llegase la noche en la que conversé con ella, por primera vez, en la discoteca Tito’s de Palma. No recuerdo los precedentes; tengo una capacidad de recordar muy cinematográfica: hago de la elipsis un arte. Ella, acompañada de amigos como Manuel Bandera, miraba bailar a Asdrúbal en la pista. “Mírale. Si yo tendría que estar en el hotel, tranquila, y no aquí”, me dijo, haciendo de su palabra un gag de madrugada. Y me reí. Solo con el tiempo comprendí lo que era emparejarse con alguien más joven, la vitalidad de un cuerpo siempre dispuesto para el amor… y la fiesta. Ellos marcan el ritmo y lo sigues porque no puedes hacer otra cosa. Puede que desde un punto de vista más objetivo parezca que nos dejamos imponer un estilo de vida. Puede ser porque, cuando nos enamoramos, la vida son ellos.

Bibiana ensalza la propia sabiduría del cuerpo, esa que permite a los deportistas de élite sanarse pronto de una lesión. Es tan de verdad que, en estos tiempos de pose, impresiona tenerla delante. Algunos referentes se han quedado atrás, fueron flor de un día, pero Bibiana, espiral hipnótica de mujer, encuentra su sitio y se acomoda de tal manera que nunca permitirías que se moviese de ahí.

La volví a ver cuando le ofrecimos grabar un Carta Blanca para La 2 de TVE. Uno de los mejores programas de la televisión pública nunca tuvo segunda temporada y el programa de Bibiana nunca llegó a ser. Nos reunimos en una ocasión con ella. Quedamos en el Olsen, un restaurante sueco del centro de Madrid. A la reunión también acudió el director del programa, Santiago Tabernero, y su subdirectora, Lara López. Cuando Bibiana se marchó, los tres admiramos la vehemencia de emociones, palabras y experiencias de esa mujer. Me asombró cómo lograba hacer de la locura, lógica. Cómo conseguía que Víctor Mature, YSL y Miguel Poveda compartieran la misma frase y no pudieras hacer otra cosa mas que asentir ante semejante muestra de sensatez.

He tenido la suerte de coincidir con Bibiana Fernández en muchos sitios: fiestas, inauguraciones, estrenos, presentaciones,… Jamás se acuerda de mí pero siempre te hace sentir especial, valioso, aunque sea durante medio minuto, pero lo hará. Te mirará a los ojos, te contará una anécdota y tendrás la sensación de que esa historia es para ti, aunque la haya contado ya mil veces. Como si compartiera un poco de sí misma contigo. Y tú te lo llevas, feliz como una perdiz, creyéndote la particularidad de esa historia porque ella deseaba que así fuera. Eso es lo que diferencia a la gente que ha nacido para el mundo del espectáculo de la gente que solo trabaja en el mundo del espectáculo: los primeros, saben contar historias.

Ya está. Siempre había querido hablar de ella. A veces se ha filtrado en mis escritos porque soy poroso y ella es un rápido que hay que descender sabiendo que, por desconcertante que te parezca, al final será una experiencia única. Mi último ‘descenso’ fue en la presentación del catálogo de la exposición de Juan Gatti, que puede verse actualmente en Madrid. Ella y el fotógrafo se sentaron, frente a frente, en dos butacas del salón Medinaceli del hotel Palace y empezaron a hablar. La idea era que Bibiana entrevistase a Juan. Eso fue imposible. Ella habló sin parar. Era lo que Gatti, gran tímido, quería. Dijo que la pasión era el estado de ánimo que había marcado la trayectoria de los dos: “tú, desde la pasión, has creado tu obra; yo, desde la pasión, me he hecho a mí misma”. Posiblemente, sea el estado de ánimo por el que merezca la pena vivir. Y morir. De amor, se entiende. Aunque Bibiana apuntó que había cambiado los hombres por los vestidos. “Me salen más baratos”, añadió. Y eso que lo que llevaba puesto podía ser un Gucci.

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