Ríanse ustedes de Carrie Fisher

Si me diera por tomar lexatín con tequila, como contó Bibiana Fernández que hacía cuando se le juntaba mudanza, gira con La gran depresión y programa de Ana Rosa, posiblemente tendría la mente mucho más osada de como la tengo. Estaría menos expuesto a la corrección, a la arbitrariedad del otro, incluso superaría mi miedo a la incertidumbre con el carácter más relajado. Mucho más relajado. Sin embargo, cuando introduzco el ansiolítico en la boca y me acerco un chupito para ayudarme a digerirlo me viene a la cabeza la princesa Leia. O sea, Carrie Fisher, la actriz que acabó sumergida en un mar de drogas, antidepresivos y alcohol y que le ha sacado un rendimiento económico a ese cuadro de vida –vía biografía, vía monólogo teatral en el que ella llega a reírse de sí misma- que ya quisiera yo en mi cuenta corriente. Luego me acuerdo de aquel párrafo de sus memorias humorísticas, Wishful Drinking, en el que narró que cuando su madre se dio cuenta de su problema con las drogas y el alcohol, hizo aquello que toda madre comprometida, vigilante y preocupada haría: llamar a Elizabeth Taylor. ¿A quién llamaría mi madre? ¿A María Jiménez? Solo de imaginármelo, vuelco el alcohol en el fregadero. Pero me trago el ansiolítico. Con agua.


Desayunar ansiolíticos debe ser algo que hace la mayoría de los ciudadanos de este país. No hay muchas otras maneras de afrontar un Telediario sin notar la desagradable presión en el pecho que precede al ataque de ansiedad. Si a eso añado la cantidad de dudas que genera mi cerebro al minuto,…pueden hacerse ustedes cargo, ya que la Seguridad Social no creo que pueda. Imagino el mecanismo cerebral que genera las preguntas y lo veo como si fuera una pantalla de Tetris. Los interrogantes van apareciendo en la parte superior de uno de los lóbulos, quizá el frontal, y van descendiendo hacia algún recoveco donde la cognición se sienta a buen recaudo. La pregunta puede ser cuadrada, recta, en forma de T, en forma de L, y nosotros, en un proceso de racionalización, intentamos buscarle respuestas para que, cuando llegue a esa parte cerebral donde se almacena lo aprendido, encaje perfectamente y no acabe bloqueando, no encontrando respuesta y, por lo tanto, no encontrando su sitio. Como en el Tetris, cuando una pregunta no se responde, se crea con ella un muro de contención que servirá para ir acumulando dudas tras él hasta hacer saltar el cartel de game over. ¿Y toda esta paja mental para qué?, pensarán. Pues para que me ayuden a descifrar una ‘pregunta tapón’ que amenaza con estropearme el juego. ¿Alguno de ustedes sabe qué diablos hacen los jueces del Tribunal Constitucional? ¿Conocen cómo transcurre su jornada laboral? ¿Fichan? ¿Saben si ellos también tienen lista de espera, como la Seguridad Social, pero de recursos? Porque si me dan una respuesta a todas esas preguntas quizá pueda llegar yo solito a una conclusión y así no tener que plantear cómo es posible que lleven 6 años debatiendo si el recurso impuesto por el PP contra el matrimonio igualitario se ajusta o no a la Constitución.

Supongo que en todas las casas cuecen habas, que decía mi abuela, y que los jueces del Constitucional pensarán que bastante tienen ellos con intentar mantener su dignidad cuando los dos grandes partidos, PP y PSOE, juegan a la cuerda con la institución, paralizándola, porque no se ponen de acuerdo. Vamos, que alguien se ríe por lo bajinis de la independencia judicial. Solo recordarles a los señores y señoras jueces y juezas del TC que hay más de 25.000 familias en España pendientes de su decisión. Supongo que para la vida democrática de este país corría más prisa saber si Bildu podía acudir a las elecciones municipales de mayo que lo del matrimonio igualitario. Supongo que hay prioridades y por eso ustedes tuvieron una sentencia al respecto en el menor tiempo posible. Supongo que decidir si un ciudadano tiene derecho a contraer matrimonio con la persona que ama no debe ser tan relevante. Supongo que ustedes no saben lo que significan sus seis años de silencio, imagino que debatiendo, para esas 25.000 personas, gays y lesbianas, casadas y con hijos, que tienen su estabilidad familiar (y si me apura, emocional) pendiente de ustedes. No quiero suponer que todo esto sea una estrategia política para, gracias a la mayoría absoluta del PP en el Parlamento, cambiar a los magistrados y así sacar una sentencia más acorde a la ideología del partido que, en su momento, impuso el recurso de inconstitucionalidad.


Es que eso no quiero ni pensarlo. Porque si lo pienso, ríanse ustedes de Carrie Fisher.

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