Izquierda o derecha

Empezó la campaña electoral. Podría soltar aquí una chapa sobre que NO votar en las próximas elecciones es la postura más pro-sistema que se me ocurre en estos tiempos. Se me podría ocurrir también decir que en estas elecciones no elegimos presidente del gobierno a secas sino que se trata de un referéndum donde decidimos si Estado del Bienestar sí o Estado del Bienestar no. Pero todo eso se lo dejo a los contertulios políticos que para eso están.

A mí lo que me sorprende es que aún hoy, y en un país occidental, la homosexualidad forme parte de una campaña electoral. Me explico. Hace una semana hablábamos del apoyo al matrimonio igualitario por parte del primer ministro británico, el conservador David Cameron. Pues bien, él, que no está a la caza del voto, (de momento), ha declarado que retendrá la ayuda que su país ofrece a aquellos países de prohíben la homosexualidad, a menos que éstos reformen su legislación. De nuevo, no es una cuestión de derechas o izquierdas, ni de conservadores o progresistas: es una cuestión de derechos humanos. Algo que está por encima de cualquier ideología.

De ahí que me sorprenda, y en ocasiones me indigne, que el hecho de ser gay o transexual sea una cuestión de izquierdas o de derechas. Y me jode especialmente que sea nuestra clase política la encargada de permitir que eso aún siga siendo así. ¿Se imaginan un partido político que se presentase a las elecciones cuestionando los derechos de las mujeres maltratadas o un partido que llevase en su programa que va a apoyar que las personas zurdas tengan derecho al voto? Absurdo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué en pleno siglo XXI, en un país supuestamente moderno y avanzado como el nuestro, los derechos de un grupo de ciudadanos tienen que formar parte de la campaña electoral?

Lo lógico sería que ser gay o lesbiana o transexual no fuera una cuestión ideológica porque los derechos de un grupo de ciudadanos no pueden depender del pie con el que se levante el político de turno. No se puede vivir en un tío vivo y de eso se están dando cuenta, poquito a poco, los países occidentales, como el Reino Unido.

Los derechos humanos no son moneda de cambio. Son logros irrenunciables de la sociedad. No se puede acabar con el apartheid para después dejarlo a disposición de la ideología de un futuro gobierno que decidirá si la segregación racial es constitucional o no. Un derecho (humano) es incuestionable. Y me da una rabia inmensa que, a estas alturas y en este país, aún deba tener una lectura ideológica.

Y no crean que me he caído de un guindo, no. Sé que hay homófobos también en la izquierda. La diferencia está cuando esa opinión personal, muy particular y, a mi parecer, indefendible, contra un derecho humano se convierte en recurso de campaña electoral. Un derecho humano no debe ser un argumento que separe a un electorado. Es, simplemente, un Derecho Humano inalienable. Cuestionarlo es alimentar a esos homófobos que, ante el terrible asesinato de Stuart Walker en Escocia, ensuciaron las redes sociales con comentarios del tipo “me parece genial lo que le ha pasado a Stuart Walker, mejor muerto que infectando a la gente de sida”. ¿Y quién quiere el voto de individuos que piensan así? ¿Algún partido político quiere el voto del monstruo de Amstetten? ¿No? Pues eso.

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