Pesadilla sorda

Los hipocondríacos somos carne de cañón. Nuestro pánico a los síntomas y a todo aquello que nuestra imaginación puede sospechar nos convierte en el paciente rentable para un seguro médico. Y, posiblemente, para un nuevo modelo de Seguridad Social basada en el co-pago. No es cuestión de creer estar en mejores manos cuando te atiende un médico de la sanidad privada que cuando lo hace uno de la Seguridad Social. De hecho, algunas veces son los mismos. Tiene más que ver con el hecho de esperar, con las listas de espera, con las citas que se alargan en el tiempo dejando al hipocondríaco al amparo de su miedo y, lo que es peor, con el síntoma a cuestas.

No soy un hipocondríaco de libro. O mejor dicho, de película de Woody Allen. No escucho datos sobre una enfermedad y, acto seguido, los padezco. Soy de los que siente un dolor, una molestia real, y tiende a pensar que en vez de una simple gastroenteritis es un tumor en el estómago. Me angustia tanto el dolor, el sufrimiento y la enfermedad que necesito, con urgencia, el diagnóstico de un médico. Ponerme enteramente en sus manos, creer en él con una fe ciega, para poder relajarme, saber qué es exactamente lo que siento y curarlo. Soy un creyente absoluto en la medicina. Pero ese miedo a la incertidumbre, a padecer un síntoma sin saber qué lo provoca, me empujó a hacerme un seguro médico.

Desde hace más o menos un mes y medio, un ligero pitido habita en mi oído. Es tan sutil que durante el día, con el ruido ambiental, apenas lo percibo. Sin embargo, por la noche, en el silencio, apoyando el oído contra la almohada, el sonido se hace más evidente. No es insoportable pero tampoco lógico. Así que, decidí acudir al otorrino. Solicité cita en mi seguro médico. Me la dieron para la misma semana. El doctor me miró los dos oídos y me encargó una audiometría y una radiografía dorsal lumbar. Todo eso me lo hice en menos de una semana. De hecho, el martes pasado, tuve la segunda consulta con el doctor. Todo rápido. Como me gusta. Eso sí, cobrando a cada paso, a 3 euros el paso.

Al llegar a la consulta y entrar en la sala de espera, vi a siete personas aguardando su turno. Dije buenos días. Nadie contestó. Antes de pensar que eran todos unos maleducados llegué a la conclusión de que si estaba en la consulta de un otorrinolaringólogo, posiblemente, estaban todos sordos.

En la consulta, el médico colocó las radiografías en la pantalla luminosa. Vió un pequeño pinzamiento en las vértebras pero nada importante. La audiometría, bien. Aseguró que era el desgaste lógico de un oído de 44 años. “¿Y el pitido?”, pregunté.

-Los ruidos, por definición, no se quitan. Excepto los que se quitan – me soltó. Lógica aplastante pero poco reconfortante.

-Ya pero…el pitido sigue ahí – insistí.

-Es que ese tipo de síntomas que no son comprobables a primera vista son difíciles de valorar. Usted dice que el pitido está ahí pero yo no lo oigo. Yo puedo pensar que se lo inventa.

No puede ser verdad. Esto no me está pasando a mí. Me he quedado dormido en la sala de espera y estoy viviendo una pesadilla sorda.

-No podemos hacer nada. Hay cosas que la medicina no sabe.

Y pensaba, ¿es que no me va a preguntar en qué trabajo, si estoy en contacto con ruidos, con volúmenes muy altos,… algo que pueda encauzar el diagnóstico? Pues no. Lo que me dijo fue que me marchase a casa y si el pitido permanecía durante meses, que volviese.

-Mire, es que por el día, camuflado con el sonido ambiental, no lo percibo casi pero por la noche, en el silencio…

-¡Normal! ¿Qué quiere usted? ¿Tener un trombón en el oído? Si usted escucha la radio por la noche, la tendrá que poner bajita y aún así la escuchará. Pues el pitido igual, aunque sea de intensidad baja, con el silencio, pues lógico que lo escuche.

Paciencia, paciencia, paciencia.

-Entonces, ¿la causa de esta molestia? –reiteré, deseando creer.

-No lo sabemos. A lo mejor la razón está en otra parte. Ya veremos si se manifiesta en algún momento.

-Es que el pitido…

– ¿El pitido es suave? Suave. ¿Grave? Grave. ¿Esdrújulo? Pues esdrújulo. Mire, como no le molesta para su vida cotidiana, siga usted así. Que le molesta más, pues vuelva. Que le desaparece, pues venga y me invitaa un café para celebrarlo.

Si no fuera porque me estaba tocando los cojones hubiese pensado que tenía delante a la reencarnación de Groucho Marx. Le dije que al menos necesitaba saber si hacía algo mal, para poder evitar esa conducta.

– Puede ser por estar sometido a mucho ruido, puede ser una lesión cervical, puede ser consecuencia de una pasada otitis, pueden ser muchas cosas. Pero tampoco es para que piense ‘qué horror de vida me espera’. Siga usted su vida y cuando el pitido se haga insoportable, venga. Adiós. Buenos días.

Me planteo si debo pedir una segunda opinión. ¡Claro! ¡Así se sustenta la sanidad privada! Con monstruos que te hacen pasar la tarjeta tres veces, no te solucionan nada y te abocan a la segunda opinión, que te obligará a pagar otras tres veces. Supongo que es el riesgo de la sanidad como negocio. Ahora comprendo la actitud de aquellos pacientes en la sala de espera. Total, para lo que hay que oír.

 

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  1. Ciertamente los acúfenos (así se llaman los pitidos en el oído) son de origen desconocido y hoy por hoy no se curan. Algunos remiten solos y los demás, acabas por acostumbrarte.De cualquier manera, la seguridad social tiene mejores médicos y más medios que la privada. Eso sí, como usted muy bien indica, a veces coinciden.La seguridad social española, con sus defectos, es de las mejores del mundo.Por eso hay que evitar a toda costa que la privaticen. La sanidad no es un negocio, por definición debe ser un gasto.

  2. Querido PacoVer que has vuelto esta temporada me tranquiliza, mi vida será un poco mejor gracias a WL.Yo no soy de acudir a los medios digitales, pero quiero que sepas que leo tus cosas aquí, en Musaquontas. No es La transversal, pero también me gusta.Bueno, despues de la coba (es mentira¡¡¡, no es coba, Gracias por ser como eres, yo no soy así, pero me gusta mucho tu postura)) toca la petición del oyente. Enrique y Ana, coloca ya los dos capítulos de septiembre que me hacen falta para respirar.¿POrque no te planteas colocar los primeros capítulos de La Transversal??. Sobre todo los primerísimos. Muchos seríamos felices de poder oírlos y grabarlos, claro.Bueno, las peticiones son para ser desoídas. Pero todo lo demás es cierto. Me pareces un lujo en WL y me parecías un lujo en LT. Debe ser que eres un LUJOPacho

  3. Lo fuerte del otorrino es que ni siquiera me dijo que ese pitido era un acúfeno. Vamos, que no me dijo ná.

  4. Y muchas gracias por tus palabras Pacho. Yo no tengo los primeros programas de La Transversal. Tengo los capítulos de Enrique y Ana, no sé si todos, pero los programas enteros no. Podría intentar conseguirlos, eso sí. Ya veremos. Un abrazo muy grande

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