La lotería

Me he encontrado este artículo vagabundeando por el ordenador.
22 de diciembre. Día Internacional de la Salud. Es lo único de lo que podremos presumir cuando el informativo del mediodía abra con la parejita de niños de San Ildefonso cantando el número agraciado con tres millones de euros. “No solo los euros han destrozado mi economía doméstica, que 30 euros me duran menos que los tíos que me ligo en el Populart, sino que también han estropeado la ceremonia de la lotería de Navidad”, se quejaba Marta. “Con lo bien que encajaba la palabra ‘pesetas’ en la cantinela de estos niños,…Y ahora hay que cantar ‘euros’, que no pega, que no entra con la métrica de la canción”. Todos los años dice lo mismo. Necesitamos ya una generación que no dependa del referente de las pesetas. “Bueno, lo importante es que tengamos salud”, añade mi madre cada año, cuando acaba el sorteo y mira, con cierto desencanto, esa mesa llena de participaciones, papeletas y décimos que ya no albergan ilusión alguna y que no sirven para otra cosa que no sea reciclar.




Y aunque la esperanza, como las bragas, sea lo último que se pierde, y ella compre el periódico para dejarse los ojos en un extenso listado de números minúsculos, como si hubiésemos impreso la pantalla principal de Mátrix, la ilusión no se colma, ni siquiera disfrazada de pedrea. “Lapidados vamos a quedar un año de estos”, suelo bromear. Y mi madre suelta esa reflexión que, año tras año, acompaña al deseo de la salud: “Jugar por necesidad, perder por obligación”. Lo más recomendable en el día de hoy, si usted forma parte de esa inmensa mayoría de los no premiados, es apagar el televisor. Aunque con los años he llegado a empatizar con el sufrimiento cuando éste aparece en televisión, no me sucede lo mismo con la alegría desbordante. Dice mi psicoanalista que eso se llama envidia cochina y que me lo debería tratar. Mientras me lo pienso, opto por no ser el espectador masoquista de la alegría de un grupo de personas, que además no conozco de nada, que brincan con el décimo en la mano, cantan, ríen y beben en la puerta de la administración de lotería de su barrio. Sé que este sentimiento no me hace mejor persona pero sí me hace más humano. El que no se consuela es porque no quiere.




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