Derecho al pataleo

En octubre de 2007 escribí un artículo que, entre otras muchas cosas, señalaba a los responsables de lo que, varios años después, se destaparía como uno de los casos de corrupción más escandalosos de la era democrática en Mallorca. En aquel momento, a todos los periodistas o columnistas que criticábamos el comportamiento de la clase política se nos tildó de sectarios, de parciales, de faltar a la verdad, incluso alguno perdió su puesto de trabajo por presiones políticas que agarran por los huevos al medio de comunicación con el caramelo de la publicidad institucional. Como siempre, el tiempo nos ha dado la razón. pero solo el tiempo; aquellos que nos insultaron, que restaron veracidad a nuestros comentarios, y aquellos periodistas sectarios que les apoyaron, no se han disculpado, ni aceptado su culpa. Eso no se lleva. No es chic.


Aquel artículo, hace cuatro años, decía así:


Entristece comprobar que hay cosas que ni el viento más huracanado puede desterrar. IB3, esa televisión, ha nombrado delegada en Madrid, a cambio de 4.250 euros al mes, a la hija de la consellera insular de deportes, Dolça Mulet. Las cosas no cambian. Los políticos siguen asumiendo el cargo público como si fuera el feudo familiar; como la tienda de ultramarinos que abrió el abuelo. “Nadie te obliga a presentarte a las elecciones. Cuando optas a un cargo, debes estudiar los pros y los contras. Y entre los inconvenientes, al menos si eres un político que hace de la ética su argumento principal, destaca que no hay maridos, ni hijos, ni cuñados que valgan. Duro, pero necesario para la higiene íntima del sistema”, explicó mi amiga Marta, que cuando ve estas cosas le sale la revolucionaria que lleva dentro. La responsabilidad del político se remunera generosamente -no como en otras profesiones con igual o mayor cometido- y tiene a su alcance unas parcelas de poder que resultan tan tentadoras como impúdicas. Lo que escuece, especialmente a aquellos que aún creen que no todos son iguales, es comprobar que la hija de la jefa sigue siendo la mejor opción. Ni siquiera suponiendo que realmente lo fuera, la ética lo permitiría. Puede parecer injusto, pero nadie dijo que la política fuera equitativa. Cuando papá o mamá acceden a un cargo público, los maridos, las esposas, los hijos, las hijas y demás allegados, deberían asumir que esa decisión lleva implícito el ‘impedimento’ de acceder a determinados puestos por un argumento tan elemental como el ético, algo que los políticos en general, y los mallorquines en particular, deben tener carcomido en algún trastero polvoriento. “Se siente”, añadió Marta. “Es dinero público. Si les molesta a los señores políticos, solo recordarles que todo eso no importaría, al menos no tanto, si trabajasen para la empresa privada o si simplemente abriesen una tienda de souvenirs en S’Arenal. Aunque claro, hay que pillar el 15, porque a s’Arenal no te lleva el coche oficial.






La putada es comprobar que, cuatro años después, han cambiado los actores pero la función viene siendo prácticamente la misma.


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