La tumba del eufemismo

Hace tiempo que ya nadie llama a las cosas por su nombre. Ni siquiera aquellos que creen que lo hacen. Los que sobrevivieron a la época en la que la palabra menos ofensiva determinaba un concepto peyorativo, ven la nube oscura de la ofensa, del dolor, del miedo amenazar sobre nuestras insignificantes cabezas. Parece que solo los grandes chefs siguen jugando con el eufemismo. Han logrado que nos comamos una sencilla ensalada de canónigos, hoja de roble y escarola, pagándola a precio de mariscada, gracias al eufemismo. Basta con definir el plato como ‘acompañamiento de brotes tiernos’ para lograr nuestra ciega devoción. También los políticos tienen el mérito de cambiar de ideología, de programa, incluso de desmentirse a sí mismos, empleando el lenguaje más ficticio. El eufemismo es como Mayra Gómez Kemp cuando ejercía de jueza en las subastas del Un, dos, tres: no puede mentir pero puede no decir toda la verdad.

El eufemismo se convirtió en un instrumento de manipulación social. Los políticos, los medios de comunicación, todo aquel que se sintiese respaldado en su parcela de poder, hizo uso de él para dulcificar la realidad y favorecer, en muchos casos, sus propios intereses. Hasta que un día alguien decide definir como ‘corrupto’ a aquel que es ‘corrupto’, como ‘derecha’ lo que fingía ser ‘centro’ y como ‘injusticia’ lo que, objetivamente, era una injusticia. Fue entonces cuando el eufemismo empezó a cavar su tumba. Sin embargo, como en la historia de las siete plagas, lo que estaba por venir no era mucho mejor.

El lenguaje vuelve a posicionarse al lado del poderoso que, curiosamente, es el mismo desde hace muchos años. Ahora no hay que suavizar, no hay que agradar, no hay que buscar en el diccionario la palabra que menos ofenda, que menos incomode, que menos dañe. Ahora no. El poder, en estos tiempos, se basa en infundir recelo, en la incertidumbre, en el miedo. Ahora es tiempo de dañar, de amedrentar, de minar toda esperanza. Como si alguien quisiera que la sociedad regresase a aquellas oscuras iglesias del románico donde Dios era alguien a quien temer. La diferencia es que hoy no tememos a lo desconocido; hoy conocemos la razón de nuestro temor.





Hoy los poderosos emplean palabras como ‘negro’, ‘desplomar’, ‘contagio’ o ‘disturbios’ sin ninguna connotación positiva, sin intención de amortiguar el golpe. Con el argumento de una verdad cada vez más plural y, por lo tanto, más relativa y menos absoluta, los dominantes siembran la alarma, la inquietud, la desconfianza, con el fin de aplacar cualquier denuncia, cualquier voz, que reclame un cambio real: el cambio hacia un panorama político, económico y social mejor. Porque para volver a los tiempos de la escasez, la represión y la desigualdad manifiesta, no necesitamos 8.112 alcaldes, 65.896 concejales, 1.206 parlamentarios autonómicos, 1.031 diputados provinciales, 650 diputados y senadores, 139 responsables de Cabildos y Consejos insulares y 13 consejeros del Valle de Arán.

Me sorprende que aún algunos definan la barbarie de los jóvenes en las calles de Londres como intolerable. Desde luego que lo es pero difícilmente podrá un Estado educar en la no-violencia cuando cada día hace uso de la violencia, como argumento, desde todas las acepciones posibles. La manera en la que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado colaboran con un desahucio, es violencia. Permitir que todos los miembros de una familia estén en paro, es violencia. Las cargas policiales para evitar que la sociedad se exprese en la calle, es violencia. Que el sistema de salud no sea sostenible y los privilegios de la clase política sí, es violencia. Que el Metro de Madrid suba un 50% pero se rebaje un 80% el abono transportes para aquellos que vayan a ver al Papa, es violencia. Un sueldo de 600 euros, es violencia. Que un pueblo reaccione con una violencia desproporcionada ante tanta violencia empieza a parecer, dolorosamente, inevitable. Por eso sueño con una clase dirigente capaz de gestionar este tremendo conflicto sin olvidar que los movimientos de los derechos civiles que han triunfado, y de los que hoy nos vanagloriamos todos, son aquellos que lograron apoyo en los discursos políticos.

Y como no quiero acabar este artículo con la hiel en los labios, voy a buscar un eufemismo para evadirnos de una realidad cruda y desagradable. Aunque a estas alturas ya he aprendido que la mejor manera de encontrar es dejar de buscar.



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