Nyman, que estás en los cielos

Dice mi amiga Marta que mis problemas con la aviación civil ni siquiera son problemas; que es la razonable consecuencia de volar mucho. “Es como los adornos que te rompe la asistenta”, añadió. “Solo te los puede romper ella porque es la única que les pasa el polvo”. Eso me dijo cuando la llamé, nada más pisar suelo de la T4, trás un viaje Santander-Madrid en la compañía Air Nostrum. Yo, que ya venía curtido de sufrir en mis propias carnes aquella atracción de feria llamada Air Madrid, bajé del aeroplano a un ‘tris’ de hincarme de rodillas en el suelo, como un santo padre, y besar el asfalto hasta despellejarme los labios. Como si Susana Griso se comiese una bolsa de pipas con mucha sal.

Desde luego que las inclemencias metereológicas eran las responsables de que aquel trayecto se pareciese más a una atracción de Port Aventura que a un vuelo doméstico. También es cierto que cuanto más vuelo, más miedo le tengo a hacerlo. Y si a eso añadimos que soy un espectador ejemplar de cine de terror, o sea, me sugestiono con facilidad, comprenderás que, tras ocho horas de retraso, tener que escuchar por el hilo musical de la nave a Win Wenders y Michael Nyman

…Y no lo digo por ellos, a los que admiro mucho y valoro su trayectoria profesional casi tanto como la del comandante Larrainzar y toda su tripulación, que fueron muy comprensivos con los espasmos de mi pierna izquierda, sino porque no sé si Wenders y su piano es lo más adecuado para amenizar el despegue y descenso del avión de una compañía que, 24 horas antes, había aterrizado dos de sus naves con la ‘panza’.

Cada estrofa musical me provocaba un deseo inconsciente de gritar, pellizcar, mingitar y hasta practicar sexo oral con el 20% del embarque, que eso siempre me ha relajado mucho. Lo del 20% es porque hasta en los momentos de crisis, hay que mantener el listón alto, que luego sobrevives y a ver con qué cara afrontas la tragedia. Para bajarlo, siempre hay tiempo, que dice mi amiga Marta. Y las azafatas, venga a pasar bandejitas con chapatas, zumo de naranja, toallitas húmedas, caramelos,… Y yo a todo decía que sí, compulsivamente, como Nyman aporreaba el piano. Menos mal que la solidez en la garganta de la chapata con fuet impidió que pudiese gritar entre turbulencia y turbulencia. Eso sí, el tren de aterrizaje funcionó a la primera.

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Un Comentario

  1. ¡Cuanto me rio leyéndote, Paco! Eres un genio de la comedia. Gracias, y pásatelo bién en tus vacaciones.

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