Adictos al poder

Sabéis que cuando me aburro soy peligroso porque me da por pensar. Pienso que regresa Gran Hermano y con él, Mercedes Milá. No sé si regresará peinada, eso ya es mucho pensar. Supongo que volverá más calmada en su particular lucha contra el tabaco.

Una duda: ¿es más peligrosa una sustancia adictiva o un poderoso que adquiere consciencia de su poder? Ahora pensarán que he vuelto a mezclar Orfidal con Beefeater. Aseguro que no, que aquello solo fue para superar un abandono.


Recuerdo que ver a la Milá moverse ante la cámara pavoneándose de la fuerza de sus palabras y de la repercusión que tendrán gracias al medio en el que trabaja me hizo creer que el poder también es una sustancia adictiva y que ser consciente de él provoca la inmediata proliferación de sufridores pasivos de ese poder mientras que el poderoso, al contrario que el fumador, no ve alterada su salud, aunque sí su ego pero… el ego no mata ¿o sí? Ni la nicotina, ni la cafeína, ni la cocaína, ni siquiera el cine de Woody Allen puede provocar una adicción similar a la del poder. Por eso todos queremos probarlo, tener por un instante la placentera sensación de decidir, de condicionar, de alterar, de controlar el bien más preciado: el tiempo. Y si se trata del tiempo de los demás, eso ya debe ser lo más parecido a un orgasmo provocado a la vez por Colin Farrell, David Beckham y Ed Harris.

Y con este barullo en mi cabeza, y en mi cama, te pregunto: ¿quién crees tú que es el ser más poderoso del planeta, el ‘yonqui’ de la autoridad? ¿Quizá el presidente de un lugar que puede prohibirle al presidente de otra nación hacer una determinada política económica más de acorde a su ideología? ¿Quizá una delegación del Gobierno que veta a los ciudadanos circular libremente por su ciudad?

Pues yo creo que no. Por mucho que les moleste, ellos no tienen el poder. El poder, hoy en día, es patrimonio de las teleoperadoras. Si alguien quiere demostrar que posee el mando, debe tener una teleoperadora. Ellas dilatan tus esperas, enredan tu tiempo, condicionan tu vida y, como la mejor de las sustancias adictivas, impiden que puedas romper con ellas facilmente. Ni Merkel, ni el Papa, ni hostias. Ellas tienen el poder. ¿Deberíamos entonces, por nuestro bien, prohibir el poder? Tolkien lo tenía claro.

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  1. oh ! ha dado en mi 'blanco' hoy con el tema de las teleoperadoras… cuando me pillan bién de verborrea me gusta ser educadamente impertinente con ell@s y no parar hasta que me den el precio definitivo con IVA incluído, que es lo que pagamos, y preguntar mucho muchísimo. Por momentos me creo que tengo el poder, pero cuando ya me aburren tengo que colgar inmediatamente. Y aunque no les atiendas también pierdes tiempo viéndoles en tus llamadas perdidas.

  2. A mí lo que me hace dar vueltas a la cabeza es el tema del anillo de Tolkien. Siempre pensé que un anillo encarna el poder, basta recordar el anillo que a los obispos tanto les gusta lucir, pero me acaban de regalar un anillo, dejándolo caer entre mis manos sin darle importancia. Y ahora me siento "atado", "anillado" como un pájaro. Deberían reescribir el señor de los anillos, haciendo resaltar la importancia real del anillo: quién te lo da.

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