La zona VIP

El deseo de las personas por sentirse diferentes se ha convertido en ansia. Y eso, en una sociedad de consumo como la nuestra, es una buena noticia. Se envasa la diferencia y se comercializa en esos espacios en los que la masa vive, sueña y se divierte. El producto no es gran cosa; ofrece las claves para fingir, para sobrevivir en un absurdo escaparate cuya única recompensa está en que los demás, los que están al otro lado, intuyan que eres diferente. Esa es la razón de la zona vip. De hecho, uno ya no sabe qué significa VIP porque…¿Very Important People? ¿Seguro?

Ayer, sin ir más lejos, la bobada se convirtió en espectáculo. Regresando de la playa de Es Trenc, un paraíso cada vez más habitado en el que uno puede tostar sus glúteos apaciblemente, leí, sobre un muro encalado, “Zona VIP”; y una flecha negra señalando la parte superior del edificio, donde se encontraba lo que siempre ha existido en la parte superior de un edificio: una azotea. Allí, bajo un discreto toldo, cerca de veinte personas sufrían un sol justiciero mirando a los que pasábamos por debajo mientras, los que tomaban algo en el mismo local, pero en la ‘ZONA VULGAR’, disfrutaban de una sombra espectacular.

Por la noche, en el concierto de Seal, buscamos cual sería la famosa zona vip por la que la organización cobró 180 euros la entrada. Ciertamente, por ese precio, uno podía aparcar tranquilamente el coche en un aparcamiento exclusivo (la calle de al lado cerrada por la policía municipal), cenaba y asistía al concierto desde un lugar privilegiado. El privilegio ya no es lo que era. La zona vip era lo más parecido a una enorme patera, elevada del nivel del resto de los mortales, donde los invitados, prácticamente hacinados, hacían como que disfrutaban de sus privilegios cuando, a la vista de los demás, pagar 180 euros por ver el concierto a dos metros por encima de los demás nos parecía una gilipollez propia de nuestros tiempos.

Esa estupidez ególatra llegó al absurdo máximo una vez, en Madrid. Acudí a la fiesta de entrega de premios Miradas 2, el programa de La 2 de TVE. El acto se celebraba en la discoteca New Garamond donde, a la entrada, dependiendo de la lista en la que apareciese tu nombre, tenías derecho a una pulsera azul que te abriría la puerta de la zona vip. Sospeché que todos los locales de ocio nocturno de la ciudad marcaban su categoría según su zona vip. No tenía pulserita pero pasé entre dos personas que sí la tenían. El segurata no me paró. Debí darle el perfil de ser alguien.
Tampoco crean que esa parcela ‘exclusiva’ de la discoteca era sinónimo de comodidad. Aparte de que la barra libre solo permitiese consumir cerveza y zumos, la masa, que siempre fue inquieta e incontrolable, hacía años que había tomado la zona vip. Por eso los empresarios de la exclusividad han creado una zona vip dentro de la zona vip. Un espacio en el que sólo están aquellos que aún son más diferentes que los de la zona vip inicial y completamente inalcanzables para el resto. Si bien, durante la entrega de premios, esa sala sirvió para acoger a presentadores y galardonados, en una sesión habitual sería un espacio que denotaría tú absoluta desemejanza con el resto de la humanidad. Por suerte para nosotros, los mortales, el calor en esa zona vip al cuadrado era inaguantable. Fue cuestión de tiempo ver por la sala a Jon Kortajarena, queriendo ser mortal. Fuera de la zona Vip+Vip.


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