Mediterráneo

(Jueves. 20.07 horas. Madrid. Reunión de mallorquines, algunos nada nostálgicos, en un cibercafé la mar de fashion en una época en la que aún se dejaba fumar. Transcripción comentada de la conversación para que veas cómo nos las gastamos en la península).


“He leído en internet que un comité de sabios ha planteado cambios en 74 artículos del Estatut de Balears”, dice Uno. “Ah, ¿pero hay tantos sabios en Mallorca como para montar un comité?”, responde Otra. Silencio. Reflexionamos sobre la pregunta, que tiene su miga y vale la pena no precipitarse en la respuesta. “Un sabio, ¿es un intelectual?”, cuestiona Otro. Silencio. Tanto silencio y reflexión hace empezar a cuestionarme la pureza del tabaco con el que está fabricado el cigarrillo que no para de rular. “Es que no puedo con los intelectuales. Alguien que lo sabe todo me parece abominable. Yo es que no tengo un saber de reserva. Todo lo que aprendo es para una tarea precisa. Luego, en muchos casos, lo olvido”, dice, lentamente, el mismo Otro de antes. Silencio. “Eso no es tuyo. Son palabras del filósofo Gilles Deleuze”, apuntó Una. Silencio. “¡Joder! Entonces, si cito a un filósofo, ¿es que soy intelectual? En ese caso, ¿debo odiarme a mí mismo?” Silencio. “¿Porqué estamos hablando en castellano?”, pregunta Una. “Yo he leído que van a rehabilitar Corea”, salta Otra, como quien no quiere la cosa. “Es que no entiendo porqué siempre tenemos que pagar los platos rotos de una guerra en la que meten las narices los yankis. El conflicto de Corea fue un enfrentamiento derivado de la guerra fría. ¿A qué viene ahora rehabilitar nada?”, dice Otro. Silencio. De repente, un grito ensordecedor. Uno ha apagado su cigarrillo sobre la mano de Otro. Otro insulta en mallorquín -que no catalán- y se marcha al baño. Silencio. “¿Nos vamos sin pagar?”, plantea Uno. Silencio. “¿Por?”, cuestiona Una. “¿20 euros por cuatro cafés?”, repregunta Uno. Silencio. “Una vergüenza. A la de tres nos levantamos y salimos corriendo”, propone Otra. “Una…dos…y tres”. Nadie se mueve. Silencio. “Idò, que hem de fer”, dice Uno. Y siguieron allí algunas horas más.

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