Un ‘palco’ en el Open

“El Open de Tenis es la nueva ópera”, me dicen. La afirmación es tan desconcertante que en un principio dudo de lo que he escuchado hasta que se produce la consecuente ratificación. “El boom de la ópera en el siglo XIX no se debe tanto a sus autores, ni a sus partituras, ni siquiera a sus intérpretes; el fenómeno radica en convertir los palcos en prolongaciones elitistas de tu propio hogar. Los palcos se convierten en miradores, en escaparates desde los que exhibir lo mejor de uno mismo y observar, con un poco de suerte, lo peor de los demás. A los y las aristócratas les importaba un pimiento si Violeta Valery muere tuberculosa y sola y no juzgan si Pinkerton era un caradura que se aprovechó de la pobre Madama Butterfly. A ellos lo que les importaba era ver y ser vistos. Pues eso mismo sucede ahora con los partidos de tenis”. En ese momento me doy cuenta de que horas antes he renunciado a una entrada para la semifinal del Master de Tenis de Madrid, zona sur, fila 4, por 80 euros. “El otro día estaba Cristiano Ronaldo y Xavi Alonso, Carmen Machi y Javier Cámara, Amaia Montero y Gonzalo Miró, Luis Tosar y Marta Etura y hasta Maite Zaldívar, que ya me dirás lo que le importa el tenis a esa mujer”, me dijeron. “¿Y quién jugaba?”, pregunté. “Nadal…creo”, fue la respuesta.


Puede que tenga razón. Asistir a un partido de tenis de esa categoría es como acudir a la ópera: un acto social. Aunque, como todo buen acto social con ambición selectiva, valora unas normas de conducta y basta poner un pie en las tribunas que rodean la cancha para percibir que el aire que allí se respira finge ser diferente. Esto no es fútbol, donde cualquier descerebrado que no saber hacer la o con un canuto puede vomitar adrenalina a borbotones mientras se caga en la madre de cualquier jugador. Aquí se guarda un respeto cuando el tenista va a sacar. El mismo silencio que merece la soprano cuando muestra toda su tesitura vocal. Y sólo se aplaude cuando se acaba el aria, sea o no bola de set. Aquí no hay disturbios al finalizar el encuentro. Aquí la gente se saluda y se marcha, tranquilamente, a su casa o a tomar una copa por ahí.

El Open de Tenis convertido en la nueva ópera, en el acto social de moda. Supongo que a eso no se le puede llamar evolución. Vivimos unos tiempos en los que nadie piensa en evolucionar. Aceptamos la evolución como algo meramente biológico y asumimos haber experimentado las transformaciones necesarias para convertirnos en la especie suprema sobre la capa de la tierra. ¿Qué más podemos pedir? Quizá por eso, la sociedad moderna ha reemplazado la evolución por la adaptación. No queremos ser mejores; queremos vivir mejor. O, en el principal de los casos, aparentarlo. Tal vez estemos ante una sencilla demostración de la apariencia.

Me cuenta un amigo que por La Caja Mágica, lugar en el que se celebra el Madrid Open de Tenis, ha desfilado hasta Ana Obregón. Ana cuenta, y a un volumen dolby surround, porque lo importante de asistir a un acto social no es el mero hecho físico de presentarse allí sino la constancia que queda de tu visita en los demás, que se levanta todos los días a las 5 de la mañana para escribir su autobiografía. Escalofriante disciplina.

Todos debemos incorporar a nuestra vida un acto social. Como si formase parte de una terapia colectiva. Es importante conocer de antemano que un acto social no es ponerse cualquier cosa y bajar a comprar el pan. Un buen acto social necesita seguir un proceso, cumplir unos plazos, no se puede improvisar. Y se valora mucho la adaptación al medio, algo, por otra parte, muy propio de las especies en proceso de aburguesamiento. Tras pensar en ello –tampoco mucho, no vayan ahora a pensar que me preocupaba más el Open de Tenis que la muerte de Bin Laden-, llegué a la conclusión de que lo más destacado, aunque no imprescindible, de un acto social es que además te entretenga.

Hablando de Bin Laden –desde ‘Rebeca’ de Hitchcock que un muerto no había dado tanto juego-, creo que me voy a hacer fan del grupo de Facebook que responde al axioma ‘Hay que ser muy malo para que te mate el Premio Nobel de la Paz’. Ya lo soy de la iniciativa, gestada en Twitter, “sin preguntas, no hay cobertura”, con la que se pretende recuperar la dignidad de la profesión periodística animando a que no se cubran las ruedas de prensa de los políticos que no admitan preguntas. Creo que una red social también puede ser un acto social pero de eso mejor hablo otro día.


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Un Comentario

  1. Llámame antisistema trasnochada, pero a mi el tenis me pone nerviosa, me produce una tortícolis psíquica bastante desagradable.Ni palco ni palca.

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