Perdido en mi ordenador


Hace un tiempo, me dispuse a comprar unos billetes de avión a través de internet cuando apareció la página de inicio del buscador Google, algo (hasta ese momento) bastante cotidiano. “No me lo puedo creer”, dijo Marta. Como no entendí a qué se refería, cometí el tremendo error de preguntar. “Pues que tienes el Google blanco y lo que se lleva ahora es el Google negro”, dijo. En ocasiones, el organismo de Marta reacciona de manera críptica a los estímulos externos. Sospeché que era una de esas veces. “¿Sabías que un fondo de pantalla blanco consume hasta 750 megavatios hora al año? Ahora se lleva el Backle, que es todo negro y ahorra energía”. “O sea”, apunté, “que el blanco gasta y el negro ahorra. Eso no se lo dirás a Etoo a la cara”. No funcionó. Chiste malo en saco roto. Una vez más. El caso es que en cuanto Marta se marchó de casa, la conciencia se despertó y me cambié la página de inicio de toda la vida por una completamente negra, elegante aunque algo funesta. Pues bien, hará como cuatro días que invité a un grupo de amigos a cenar a casa; Marta incluida. En un momento de la noche, hablando del colosal brazo de Rafa Nadal -“eso es un brazo y no el brazo de gitano que compraba mi madre los domingos”, dijo un invitado-, acabamos buscando fotos en la red para callar la boca de aquellos que decían que solo era una extremidad del tenista la que tenía ese volumen y que la otra era corriente. Y cuando abro internet y Marta se enfrenta a mi página negra va y suelta: “¿Aún estás con esa página negra? ¿Pero no sabes que todo aquello del ahorro de energía acabó siendo una leyenda urbana?” Y me contó que se había demostrado que el Google negro no solo no reducía energía sino que en los monitores LCD, el 75% del mercado, incrementaba el consumo. “Yo así no puedo vivir, sin saber nunca a qué atenerme”, comenté, algo sobreactuado. “Estamos tan desamparados, en el centro de este bombardeo de información, que no nos queda más remedio que creer en algo, aunque mañana lo desmientan. Que yo ya no sé qué hacer para cumplir con mi siglo”. Y me puse a llorar, como en un drama lorquiano, ante la mirada incrédula de mis invitados. Desde entonces, solo recibo excusas cada vez que organizo una cenita en casa. Insolidarios.

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  1. Cómo me suena esta situación… 😀

  2. Uno ya no sabe a qué atenerse…

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