Tal como éramos

Marta vino la otra tarde a casa con una botella de vino y una película en DVD. “Ribera de Duero y Sydney Pollack. ¿Se te ocurre mejor plan?”, me dijo. La respuesta fue negativa, como no podía ser de otra manera. Y Marta, que me conoce bien, no había alquilado Las aventuras de Jeremiah Johson, ni Tootsie, ni siquiera Memorias de África, por la que siento una especial devoción. Marta entró con Tal como éramos en la mano. Aún a riesgo de ser considerados unos cursis de libro, mi amiga y yo lloramos a moco tendido cada vez que Katie Morosky le aparta el mechón de pelo de la frente a Hubbell Gardner. “Hubbell, tu chica es encantadora. ¿Por qué no venís un día a cenar a casa?”, dice Marta, al mismo tiempo que el personaje que interpreta Barbra Streisand lo hace en la película. “No puedo Katie. No puedo”, digo yo, a la vez que Robert Redford. “Lo sé”, dice Marta Streisand. Y llega lo del mechón. Y vemos que en sus ojos hay amor; tanto amor como la absoluta seguridad de saberse incompatibles. Y lentamente, como de puntillas, aparece la canción de Marvin Hamlisch. Y Marta y yo nos miramos y empezamos a soltar agua como dos presas abriendo compuertas.


Marta se considera a sí misma, aunque con el rímel corrido y los mocos colgando no lo parezca, una ‘chica katie’, basándose en el guión del último capítulo de la segunda temporada de Sexo en Nueva York. Carrie Bradshaw pensaba que había dos tipos de mujeres en el mundo: las simples, las nada problemáticas, y las ‘katie’, esas que viven apasionadamente sus ideales y pueden resultar incómodas para ciertos hombres. Marta está segura que ella ahora no tiene pareja porque es una ‘chica katie’, una mujer que prefiere ser ella misma aunque eso suponga renunciar al amor de su vida. “¿No lo dirás por Leo, el novio ese tuyo que tuneaba el coche?”, apunté con los ojos como platos y la nariz roja. Y Marta lo negó con la cabeza, algo ofendida con la duda, mientras se sonaba con una servilleta de papel. Lo celebré abriendo otra botella de vino. El director de Tal como éramos, Sydney Pollack, murió el 26 de mayo de 2008, víctima de un cáncer. Marta y yo todavía le rendimos homenaje como mejor sabemos hacerlo: brindando -y llorando- con el final de The way we were.

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