La tos

Querido amigo, ¿te has preguntado alguna vez por qué tose la gente en el teatro? Estoy por encargar, a alguna prestigiosa universidad, un estudio epidemiológico sobre la incidencia del ballet, el teatro o la música clásica en las complicaciones respiratorias. No es ironía, es preocupación lo que me mueve. Asistir a un espectáculo en el que la comunión silenciosa es necesaria y escuchar todo un recital de toses, en varias escalas y tesituras, contagiándose por diferentes rincones del auditórium, es preocupante. Y no porque moleste a los artistas, que en peores garitas habrán hecho guardia, sino porque he llegado a creer que el público fiel de estos espectáculos está fundamentalmente compuesto por enfermos crónicos de las vías respiratorias que, como decía un amigo común, quizá deberían estar hospitalizados en lugar de jugarse la vida yendo al teatro. La cultura no merece tanto sacrificio. O tal vez la culpa sea de los programadores, que aún no se han dado cuenta que hay meses en los que la salud es incompatible con el arte escénico. Desde octubre a mayo no debía representarse nada que no supere los 100 decibelios. Con semejante volumen, un catarro de pecho o una sequedad en la platea, bastante habitual por esas fechas, pasaría absolutamente desapercibida. Quedan cuatro meses libres, aunque los aires acondicionados podrían reducir el cupo a dos: junio y septiembre; buenos meses para disfrutar de un montaje teatral sin cosquilleos y picazones en la garganta. De todos modos, no estaría de más ofrecer una cucharadita de Inistol a la entrada, por si acaso. Eso mejor que el caramelito de crujiente envoltorio, que además suele abrirse con una parsimonia digna de crueldad sádica. Resulta tan especial la relación tos-escenario que no he encontrado otro lugar en el que se produzca con tanta entrega. Ni siquiera en el cine se tose tanto, aunque aquello es peor; allí se comen palomitas, patatas fritas, pollos al ast, se bebe todo tipo de refrescos y hasta algún desalmado contesta al móvil que debería haber apagado a la entrada. Dice mi amiga Marta que es que nos estamos volviendo misántropos. Y a mí me ha dado la tos.

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