Siniestro Cuento de Navidad

Les voy a contar un cuento de navidad. No sé si realmente un individuo antipático, huraño y con particularidades propias de una mala persona puede cambiar su actitud en estas fechas. La literatura dice que sí; la experiencia tiende a apuntar que no. Y esta historia no pretende despejar esa duda. Sólo aporta un punto de vista más.

Érase una vez un empresario del mundo del espectáculo que amasó una gran fortuna como productor de programas de televisión y montajes teatrales. Empezó su trayectoria profesional poniéndole voz a unos muñecos de trapo y, con el tiempo, se reinventó en productor. Tal era su carácter déspota, colérico, de una exigencia tiránica con los demás, que, poco a poco, el gran empresario se fue quedando sin amigos. Sólo mantenía vínculos con aquellas personas con las que mediase una transacción económica –ya fuera familia a la que él colocaba en sus empresas como artistas que contrataba e incluso cuentan que llegó a pagar, no sin cierta tacañería, a cambio de compañía afectiva-. Como al mítico y mil veces adaptado Ebenezer Scrooge, al protagonista de nuestra historia no le importaban los demás; sólo le importaba el dinero y los negocios.

Las largas jornadas de trabajo a las que obligaba a sus empleados, sin cobrar horas extraordinarias y muchas veces sin contrato, fueron denunciadas por las organizaciones correspondientes ante la Inspección de Trabajo. Pero tan siniestros eran los lazos del empresario con determinadas parcelas del poder que apenas llegaban a materializarse en simples multas.

Cuentan que el hombre, en una parodia escalofriante de sí mismo, obligaba a los guionistas de alguna de sus producciones a acudir a su casa, a muchos kilómetros de la ciudad y con dificultades en el transporte público, citándoles a las 21.30 horas de la noche, para definir su trabajo como “una mierda” y darles indicaciones, fuera de toda lógica, mientras cenaba, vestido con una especie de yukata.

Cuentan que cuando intentaba camelarse a una artista para que firmase un contrato con él, la invitaba a su mansión y, como en un segundo pase de la escalofriante parodia de sí mismo, llamaba al personal de servicio con unas palmadas y éstos aparecían con un perchero cargado de abrigos de pieles para que la invitada eligiese uno, de regalo.

La gente se preguntaba que de dónde salía todo el dinero que el empresario acumulaba. Los más viejos del lugar señalaban que almacenó su fortuna produciendo galas en cadenas públicas y privadas. Incluso llegó a cosechar un gran éxito en la RAI italiana donde, para muchos, empezó a gestarse el siniestro vínculo que hoy une a nuestro protagonista con el máximo responsable de una importante cadena de televisión. La misma que le compró el 30% de su productora.

Una noche, en vísperas de Navidad, el empresario recibió la visita de un fantasma que le avisó: “O cambias o toda la maldad que has ido sembrando durante todo este tiempo se convertiría en una larga y pesada cadena que deberás arrastrar por toda la eternidad”. El empresario, siempre desafiante, amenazó al espectro con despedirle pero cuando se quiso dar cuenta, el espíritu había desaparecido.

A la noche siguiente, se le apareció el fantasma de las temporadas pasadas. Le comentó que no estaba bien deber dinero a sus trabajadores –no cobran desde agosto- y, encima, tener un trato autoritario con ellos. Le colocó sobre la mesa las fotografías de actores y actrices como Luis Merlo, Loles León, Fernando Tejero, Marisa Porcel, junto a las de decenas de profesionales anónimos pero igualmente damnificados. El empresario dijo que todo eso era envidia ya que “los éxitos televisivos provocan estas cosas”. Así, ante esas palabras, el fantasma de las temporadas pasadas se desvaneció.

Una noche después, se materializó el espectro de las temporadas futuras. Le comunicó que las tempestades estaban empezando a dar sus frutos y que, de entrada, TVE no iba a renovar la serie “Las chicas de oro”. Ciertamente, las actrices eran tan buenas profesionales como poco entregadas a su papel. Algo fácil de comprender cuando la puntualidad en los cobros brillaba por su ausencia y los representantes amenazaban con que la señora Velasco, por poner un ejemplo de cuatro, no rodaría hasta que no tuviese la nómina ingresada en su cuenta. Las ‘chicas de oro’ respiraron aliviadas cuando se conoció el cese de la serie. El empresario, no. Sobre todo porque, como muy bien relataba el fantasma de las temporadas futuras, a su plató –un complejo de 7.000 metros cuadrados en un polígono industrial- le iban a cortar la luz por impago. Le contó que los empleados tendrían que ir al baño con linterna y que algunos, desesperados, cobrarían sus sueldos en material. Que en la cafetería del recinto, también de su propiedad, no se dispondría de género suficiente para todo el personal ya que los proveedores, a los que también se les debía dinero, se negarían a continuar abasteciendo. Incluso le adelantó que la cadena de televisión que adquirió el 30% de su productora tendría que hacerse cargo de sus deudas y eso perjudicaría su relación. Y así fue.

Dicen que el empresario pasó la Nochebuena deprimido. Pero nadie tuvo compasión de él. Ni siquiera los directivos de otra cadena privada, la misma en la que el productor logró uno de sus primeros éxitos, cuando acudió a ellos en busca de ayuda. Ni siquiera la folclórica, supuestamente amiga, que suspendió, por enfermedad, los veinte conciertos que tenía contratados y que le han hecho perder, al empresario, cerca de un millón de euros.

Nadie está triste por él. Y aunque pueda parecer que este cuento no alberga ningún mensaje positivo, tan propio de estas fechas, no es así. Uno puede ser de derechas, de izquierdas, heterosexual o gay, musulmán o católico, rico o pobre, que lo único que realmente importará, a la hora de la verdad, es que hayas sido buena persona. Si no, nadie se apiadará de ti. Y si no les parece éste un final suficientemente feliz, les recuerdo que esta historia se titula “Siniestro Cuento de Navidad”. Es que hay que prestarle más atención a los detalles.

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  1. Fantástico cuento. A lo mejor algún día en lugar del fantasma poniéndole las fotos de sus víctimas sobre la mesa, es Dexter el que se las pone y son esas imágenes lo último que ve.

  2. que cuento tan triste e indignante- Concha

  3. SBD

    Brutal … tremendamente brutal

  4. Es una realidad siniestra que no conocía. Que poca vergüenza.Gracias Sr.PT

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