Lo dice la tele

Abrí la puerta y encontré el rostro malhumorado de Marta. “No puedo con mi madre”, dijo. Y me apartó para adentrarse en la casa sin que mediase invitación. “¿Te puedes creer que me llama cada día para decirme que por qué no me vuelvo al pueblo con ella, que qué se me ha perdido a mí en la ciudad, con lo peligrosa que es? Está obsesionada con que las calles están llenas de asesinos, violadores, psicópatas y skin heads que la van a dejar sin hija”, contó, todo de un tirón. “Hombre, tu madre ve mucho la tele y si yo pensase que el mundo es unicamente eso que sale por la tele, también me preocuparía”, apunté. “¡Tú lo has dicho!”, contestó con vehemencia. “El problema no es la inseguridad ciudadana, que existirá, por supuesto, como en todo el mundo. El problema es que su idea del mundo es la que le cuenta la televisión”. Hablando con Marta me di cuenta de que los canales de televisión son paradigmas culturales de nuestra sociedad y nos damos cuenta cuando descubrimos que nos relacionamos con la realidad metiatizados por ellos. “Mi madre cree que el mundo es España Directo o Callejeros. O sea, personas pobres a la que le suceden todo tipo de desgracias, incluidos incendios, inundaciones, asesinatos y desapariciones, y gente rica a la que invitan a presentaciones y que, cuando les toca sufrir, les pagan fortunas para que lo cuenten”, explicaba Marta. Con ese concepto, su madre sospecha que vive en la primera parte de Gente, o sea, la parte de los pobres. “Mujer, podías invitar a un equipo de televisión para que te persigan en tu jornada cotidiana y tu madre se quede tranquila, pero algo me dice que eso no sería noticia”, dije. “Por mucho que le tranquilice a un país saber que hay gente pasándolo peor, creo que ese tipo de programas son opio para el pueblo. Mientras ven cómo sufren los demás no provocarán cambios en sus vidas. Los países más conservadores son aquellos que le inculcan el temor a su sociedad. Y nuestra tele va por ese camino”. Luego me dijo que tenía prisa, que llegaba tarde al fisioterapeuta. Y se marchó como vino. Sin avisar y malhumorada con su madre y con el mundo.

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