La sesión de las cuatro


¿Recuerdas cómo los indios fueron relegados a una reserva de la Historia en favor de los vaqueros, más numerosos y más prepotentes? ¿O cómo en Es Trenc, playa mayoritariamente nudista de Mallorca, los ‘textiles’ han ido ocupando terreno hasta obligar a los naturistas a caminar y caminar y caminar para encontrar esa zona de arena en la que poder desprenderse del bañador sin ser objetivo de miradas indiscretas? Pues eso mismo me está pasando a mí -y a cinco más- cada vez que queremos ir al cine. Si el hombre es un animal para el hombre, la fauna que puebla las salas de proyección está compuesta por auténticos depredadores. Amparándose en la libertad de acción que permite el ser parte de la mayoría, un ejército compuesto por individuos de todas las edades, razas, religiones, estatus social y preferencia sexual irrumpe en el patio de butacas con un cargamento de palomitas, patatas fritas, refrescos y gominolas que a uno le hace dudar si conocen la existencia de los bares y restaurantes, espacios creados para que uno coma y converse con sus amigos tranquilamente ANTES o DESPUÉS de entrar en el cine. Pero no, ellos son aficionados al DURANTE; comen durante la proyección, charlan durante la proyección y contestan al móvil durante la proyección. Como cada vez son más, actúan con una seguridad en sí mismos que ya quisiera yo en mis primeras citas. En mi finita paciencia, he llegado a aceptar que si compro una entrada para Imparable, entre grito y grito, con una banda sonora retumbante, apenas escucharé el sonido de la mano rebuscando la última palomita en el fondo del envase de cartón. Pero aún no he llegado a comprender qué extraño impulso empuja a adquirir todo tipo de objeto comestible -envuelto en celofán, que eso me pone…- para sentarse a ver Pan Negro,Copia certificada o Carancho. Por eso, como los indios en el oeste americano, como los nudistas en Es Trenc, me fui arrinconando, alejando de las salas adjuntas a lugares de ocio juvenil, y convirtiendo la sesión de las 4 en mi reserva particular. Éramos pocos pero sabíamos que para ver una película bastaba con nuestros sentidos y algo de silencio. Pero sospecho que la gran mayoría hambrienta nos ha localizado.

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  1. esto con Aznar no pasaba….

  2. Pues no te quiero decir nada en los conciertos de clásica en el Palau, o ¡en la ópera!; el domingo pasado, una pareja de gilipollas que iban con sus respectivos maromos no pararon de hablar en las dos obras: Cavallería Rusticana y La vida breve, y la vida breve debería ser la de ellas dos y la de uno de los maromos, que, no solo le sonó el móvil, contestó el móvil, sino que además ¡hizo una llamada!. Yo estoy a favor de la pena de muerte para esta gentuza. Lo siento. Que los fusilen a la salida contra la tapia de los auditorios. Verías si se acababa tanta tontería ya.

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