El taller de escritura


A raíz de los últimos conflictos generados por la ética y deontología profesional de nuestro psicoanalista argentino, Marta y yo estamos pensando seriamente en buscarnos una terapia alternativa con la que encontrarnos a nosotros mismos sin necesidad de estar rodeados de restos humanos, algunos arrancados de nuestro amor propio, como si fuésemos Scarlet O’Hara caminando entre heridos del combate en aquel mítico plano de “Lo que el viento se llevó“. Juliana, la maquilladora de la tele, me ofreció una solución. “Apúntate a un taller de escritura. Tienen una vertiente de terapia oral que para vuestro desquicie os iría genial”, dijo mientras maquillaba a una ex amante del novio de una concursante de Gran Hermano. Según Juliana, existe la idea de la literatura como laboratorio para explorarnos a nosotros mismos y al mundo. Aprender a escribir implica aprender a mirarse dentro, a reconocerse, tanto a uno mismo como al mundo que nos rodea, aunque solo sea para poder reproducirlo bien. “Y eso no es un desbarre mío, que ya lo escribió Chuck Palahniuk en un artículo”, añadió. Y luego habló de Gran Hermano 12 sin que se le cayesen los anillos. Para mí que es la única intelectual de verdad que conozco. Como pude, le expliqué la teoría a Marta. “O sea, que, pongamos por caso, escribo una novela sobre una mujer que siente cierta fobia al compromiso pero que desea enamorarse perdidamente”, dijo. “Esa es mi historia. Mejor que cada uno escriba la suya, ¿no crees?”, apostillé. “No me interrumpas cuando reflexiono que se me va el hilo. Quizá con un poco de esfuerzo por mi parte podría vivir la historia que quiero escribir. O mejor aún, la historia que la gente quiere leer”, explicaba como si fuese una visionaria. “Lo veo”, añadió. “Me conoceré desde la lucidez aséptica del escritor frente al personaje y podré darle forma a mi futuro. Genial”. Y salió a buscar un taller de escritura en los tablones de anuncios de los bares de Malasaña. Yo me quedé pensando en mi novela. Quizá peco de pesimista pero a mí solo me viene a la cabeza Kafka. Tal vez dos o tres sesiones más de psicoanalista tampoco me harían ningún daño.

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