La ficción real

Ya no es que tengamos consciencia de que la realidad supera la ficción. Ahora es que confundimos ficción con realidad, entrando en una espiral desequilibrada que nos conducirá, irrevocablemente, al hospital psiquiátrico más cercano o, en su defecto, a participar en ‘De buena ley’ en Telecinco. Mis ojos giraron sobre su propio iris, como si fueran las ciruelas de las máquinas tragaperras, cuando me dijeron que la Oficina de la Defensora del Espectador de RTVE recibía quejas porque en la serie Amar en tiempos revueltos se fumaba demasiado. Que todavía existan ciudadanos que confundan realidad y ficción y se atrevan a escribir su queja porque se fuma en una serie ambientada en unos años en los que ese hábito era una actividad social bien vista, me preocupa. De hecho, me preocupa tanto que bloqueo mi mente y niego que eso haya sucedido. De lo contrario, sería como aceptar que algunos de mis contemporáneos creen que Marlon Brando murió en ¡Viva Zapata! o que Sharon Stone va por ahí sin bragas. La ficción es libre, incluso libertina si así lo desea su autor; forma parte de otro universo que aunque beba de éste, no forma parte de él. Sería tan simple como hablar de creatividad. Imagino que algo de esto macera en el fondo de la polémica Sánchez Dragó.

Dios me libre de mostrar un mínimo de afinidad con ese individuo pero creo que su narración sobre haber mantenido sexo con dos niñas de 13 años en Japón, ha vuelto a poner sobre la mesa un tema que me apasiona y es el de los límites de la ficción. Dragó cuenta esa experiencia en su último libro Dios los cría…y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción,… , texto con el que ya figura entre los candidatos al Guinness en el apartado ‘título más feo del mundo’, y, para algunos, ampararse bajo la ficción, no es aceptable como excusa. Creo realmente que la ficción, en todas sus formas de expresión, debe ser libre; esa libertad implica que puedan escribirse textos políticamente incorrectos y que cada uno de nosotros seamos libres para decidir si los leemos o no. Pero la idea de regresar a un ‘Fahrenheit 451’ me parece muy peligrosa. Incluso más que una novela que hable de pederastia, madres que apagan cigarrillos en la piel de sus bebés o tipos que salen a la calle a matar homosexuales. Aunque, a estas alturas, sepamos que la realidad siempre supera a la ficción.

Con los libros de memorias, donde uno cuenta ‘su verdad’, más o menos dramatizada, casi sucede lo mismo. Incluso apuntaría que los consumidores de este tipo de libros se sienten decepcionados cuando la obra no muestra la miseria humana del personaje. Los libros de memorias, o de entrevistas en profundidad, o de conversaciones que sitúan al escritor bajo el foco, tienen la obligación de narrar una realidad que, en muchos casos, desenmascara a un personaje tenebroso. En las memorias de Katharine Hepburn descubrimos que a Spencer Tracy se le ‘iba la mano’ alguna que otra vez. En las de Jaime Gil de Biedma se narran sus encuentros con menores en Manila. Creo que hay una biografía de Angelina Jolie en la que se cuenta que mantuvo relaciones, siendo menor de edad, con el novio de su madre. En las memorias de la presentadora de televisión Marisa Medina, ella habla de cómo su ex marido, el compositor Alfonso Santiestéban, la introdujo en el mundo de las drogas y las partidas clandestinas.

Incluso en el festival de Sitges se ha proyectado la película A serbian film, una ficción sobre la crueldad del ser humano en la que se practican actos sexuales con un bebé. Sin embargo, en San Sebastián un juez ha suspendido la proyección y, aún así, ha ganado el premio del público.

Ficción y realidad se convierten en un rompecabezas de difícil solución. Pero, en cualquier caso, en un mundo de adultos, censurar la libertad creativa es peligroso. Nosotros, como lectores o espectadores, deberíamos estar capacitados para decidir si nos interesa esa historia que nos cuentan o no, independientemente de la catadura moral o ética de los hechos que narre. Pero el linchamiento público del autor –que repito, me cae como el culo- me recuerda el final de Frankenstein y sospecho que está incentivado por otras cuestiones, más cercanas a la ideología y a esa cadena siniestra, llamada Telemadrid, donde Dragó tiene su programa. Como muy bien me comentaba un amigo esta semana, Roman Polanski también abusó de una menor, en 1977, y cuando fue detenido por ese delito, el año pasado en Suiza, muchos intelectuales firmaron un manifiesto de apoyo al cineasta.

En medio de este debate, leo que los estudios cinematográficos de la Metro Goldwyn Mayer, la del león, entran en suspensión de pagos. A veces, odio que la ficción se parezca tanto a la realidad.

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Un Comentario

  1. Eres tan grande Paco Tomás. Aplauso por este artículo. Siempre certero xDSaludo de una fan de La Transversal que os tendrá a ti y a su programa en la memoria siempre.Os quiero mucho, y lo que hicisteis por nosotros es grande. Los sueños nunca duran mucho, y vuestro programa también se fue :))Soy un poco ñoña.

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