El diablo necesario

Era tarde. Estaba yo en casa, absorto ante algunas modalidades de los deportes olímpicos de invierno -¿sabías que hay uno que es una especie de petanca en la que un tipo lanza una piedra como un queso holandés mientras otros dos van puliendo el camino por delante de ella?- cuando recibí la llamada de mi amigo Julián. “¿Nos vamos a tomar una copa?”, dijo. “Pero…¡si es lunes, son las 12 de la noche, estoy en pijama y mañana trabajo! Un poco de responsabilidad. Por supuesto que no”, contesté. Reflexioné mucho sobre esas palabras aquella noche, a las 4.30 de la madrugada, apoyado en la barra de un local, con un Absolut con naranja en la mano y esperando a que Julián saliese del baño para seguir comentando porqué no nos gustó “Brokeback mountain“, cuando tenía todos los condicionantes necesarios para que fuera nuestra peli de culto. Al día siguiente, con la misma expresión que tenía Lee Remick en “Días de vino y rosas“, sentado delante del ordenador y parapetado tras mis gafas de sol, llamé a Julián y le dije: “Eres muy mala influencia para mí. Estoy hecho polvo y todo esto me pasa por hacerte caso, por salir contigo un día de diario, por tener menos personalidad que una col de Bruselas. Eres el diablo”. Él sonrió y me soltó: “Sí, pero el diablo necesario”. ¿El diablo necesario? Claro. La educación judeocristiana sigue castigando cualquier cosa que me suponga placer y, aunque creo rebelarme, ellos siguen ahí, trabajando mi sentimiento de culpa. Quizá Julián tenía razón. A veces necesitamos escuchar a ese diablo que se apoya en nuestro hombro. Aceptar que se pueden quebrar las normas establecidas con el único propósito de amortizar la vida, que no es algo eterno y que tendemos a reservar para poder ser más eficaces en el trabajo, atender mejor a las tareas domésticas y ganar más dinero para poder pagar a todas esas personas que necesitamos para que nos hagan el trabajo que nosotros no podemos, o no queremos, hacer. ¿Porqué hemos limitado nuestra capacidad de divertirnos a un día, a una época del año? ¿Porqué hemos perdido la espontaneidad? Creo que, a partir de ahora, voy a escuchar a mi diablo necesario. Voy a dejarme influir por su inofensiva maldad, por su incorrección, por lo innecesario, por lo inapropiado. Hoy lunes, he quedado con Julián para tomar una copa.

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Un Comentario

  1. la compañía del diablo siempre será más divertida que la de un ángel mojigato

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