Saca la ropa de invierno

Mi amiga Marta dice que durante los días de calorcito que sorprenden a las ciudades en el mes de octubre siente verdaderos deseos de borrasca, de aire y agua, de impermeable y guantes. Creo que es una manifestación más de su perpétua necesidad de cambio, y no precisamente climático. Ella tenía ganas de abrir la parte superior del armario y sacar la ropa de invierno porque anhelaba modificarse. Fíjate que ese hábito es uno de los que más me incomodan junto a la declaración de la renta y las compras navideñas. “Es que tienes el año dividido en depresiones y así no se llega a ningún sitio”, insinuó Marta. Y tal vez tenga razón, pero no puedo con el acto de sacar la ropa de invierno. Entiendo que al principio haga ilusión abrir la caja de cartón de Ikea, con esa ingenua percepción del tiempo que nos hace creer que guardamos el jersey hace un año cuando sólo han transcurrido cinco meses. Es la ilusión del desempaquetado más que de la sorpresa, porque de sobra sabemos con qué nos vestimos el invierno pasado. Pero cuando te enfrentas a la caja vacía y comienzas a meter dentro las camisetas de manga corta, los piratas, las chanclas de dedo,…inmediatamente te viene a la cabeza las sillas de las terrazas amontonadas sobre las mesas, la playa vacía y el cielo nublado. Por una generacional asociación de ideas, recuerdo que Pancho se quedaba solo y triste en Nerja cuando finalizaba Verano Azul y, claro, sin darte cuenta, estás buscando una canción de María Dolores Pradera en tu discografía. ¡Zas! Deprimido. No me gusta el traslado estacional de las prendas de vestir porque se me antoja un acto nostálgico, como la mudanza pero sin amigos. Y aunque no tengo más remedio que aceptarlo o morir de pulmonía como un personaje de tragedia romántica, me reservo el derecho al lloriqueo. Además, la ropa de verano abulta menos y es más fácil de colocar que la de invierno, que con dos jerseys ya has llenado el cajón. Eso por no hablar de los abrigos. Y, no sé cómo explicarlo pero…la pana y la franela me deprimen.

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Un Comentario

  1. Paco, ¿Por que no montas un consultorio sentimental?

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