Que están en los cielos

Amigo, he comprobado que los que tenemos la medicable tendencia a admirar exageradamente, desarrollamos una curiosa relación con la ausencia. Un rasgo fundamental del mitómano es no tener contacto alguno con la persona a la que idolatra. De lo contrario, la ilusión daría paso a la realidad; el mito se transformaría en carne, con todos sus miedos y miserias, y la admiración se desvanecería como el agua que se escurre entre las manos, que diría el compositor Manuel Alejandro. Y en ese entorno solitario, los mitómanos aprendemos a relacionarnos con la mayor de las ausencias: la muerte. Estamos rodeados de muertos, convivimos con ellos, como el niño de El sexto sentido. Ignoro si ellos son conscientes de su fuga, de su ‘no ser’ y su ‘no estar’, pero me hacen compañía. “Adivina quién viene a cenar esta noche”, me dice Katherine Hepburn. Bromeo con Marilyn, converso con Marlon (que tiene el detalle de venir a verme con el look de Kowalski) y Judy canta mientras me afeito. Los sigo admirando porque nunca dejaron de manifestarse. Lo hacen a través de nuevos soportes digitales porque, como me explicó una vez Billy Wilder, “el cielo es la hostia. Tienen todos los avances tecnológicos”. La otra tarde, un amigo me contó que la mayoría de las risas grabadas de las series americanas de televisión se registraron a principios de los 50. O sea, pensé, que la gente que escucho reír cuando veo capítulos de Las chicas de oro o de Friends, ya está muerta. Y sin embargo, se ríen con ganas. Hasta me contagian su carcajada. Eso reafirmó mi teoría de que los muertos están por todas partes, en nuestro día a día, y que un mitómano como yo aprende a vivir rodeado de ese tipo de ausencias, porque, ante todo, son la esencia de su ser. Esta semana me encontré con el maestro Robert Altman y con el genial Philippe Noiret. Nos sentamos a ver Gosford Park y Cinema Paradiso. Lo pasamos bien. Hasta lloriqueamos un poco cuando el personaje de Noiret muere en la peli. Pero los tres sabíamos que el cine es mentira. ¿O no? Ya lo decía mi abuela: “A los muertos no hay que tenerles miedo. Es a los vivos a quienes debes temer”.

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