El placer de aborrecer

Le estoy pillando el puntito a eso de aborrecer. Recordarás que no era muy dado a ese sentimiento insano, y hasta un poco prepotente, pero a medida que voy cumpliendo años, meses o días, noto que mis principios se tambalean más que Gasol sobre unos tacones de aguja. He pasado de reprimir mis fobias a convertir su verbalización en una filia. Con esto quiero decir que tener aversión a alguien o algo puede llegar a ser un sentimiento puro y hasta noble, siempre y cuando comprendas que la solución está en mantener las distancias con el ente aborrecido y nunca darle con una olla a presión en la cabeza, por mucho que te apetezca. Dice mi amigo Borja, que lo tengo detrás leyendo por encima de mi hombro lo que escribo -nada me pone más nervioso; nada aborrezco más- que vaya un tema inapropiado que he elegido para escribir. La mejor manera de que me deje continuar tranquilo es enviarle a pensar qué es lo que más aborrece en este mundo. Los españoles, como en la copla aquella que hablaba del beso, cuando detestamos algo, lo detestamos de verdad y a ninguno nos interesa aborrecer por frivolidad. Al igual que en el amor, esa ojeriza nos desborda, nos domina, nos arrebata y, en ocasiones, nos apasiona. Se difumina todo lo terrenal y llegamos a gozar demostrando esa antipatía, sin tapujos, sin disimulos. Por ejemplo, a mí me sucede con Zaplana, con Camps y con Kiko Hernández. Es una cuestión de piel, de físico, de historia, de militancia ideológica a cualquier precio… Mira, lo dejo que ya noto cómo me sube la adrenalina. Dice Borja que lo peor es argumentar la fobia porque proyecta un halo de ser supremo, de esos que basan su autoridad en detestar todo aquello que gusta o entretiene a la masa, y que es más satisfactorio aborrecer porque sí. Y me presenta una lista con treinta y nueve candidatos -entre personas y situaciones- que ha confeccionado en sólo tres minutos. “Me ha pegado tal subidón pensar en todo lo que desprecio que ahora podría limpiar toda la casa, bajar a la compra y hacer unos kilómetros de footing para liberarme de la presión”, dice. Le tomo la palabra y le doy la escoba. Si es que aborrecer es como el Red Bull, que te da alas.
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