La noche del orgullo pijo

Resulta algo contradictorio que en un planeta en el que el fin está por encima de todo, se subestime tanto la excusa. Es posible que lo que realmente importe sea quedar con los amigos, tener una noche de sexo desenfrenado con la persona que te gusta o hacerte asquerosamente rico, pero para todo eso necesitas una excusa. Y crear una buena excusa es toda una habilidad social. Ya nadie parece preocuparse en buscar un pretexto perfecto, por eso cuando aparecen iniciativas como la Vogue Fashion’s Night Out Madrid uno no puede hacer otra cosa que dejarse llevar hacia el fin que ha justificado ese derroche de medios.

Uno se sitúa en el epicentro de este concepto de noche –en plena calle Ortega y Gasset de Madrid- y lo primero que hace es aplaudir. Como el tonto del pueblo en las fiestas del patrón. Me gusta tanto un entretenimiento, una actividad urbana que le devuelva el espacio a los peatones, que cualquier excusa me parece buena. Y ésta era suprema. Sin embargo, a los veinte minutos de estar allí, me asaltaron los interrogantes. Odio no poder disfrutar de las cosas sin tener que estar preguntándome siempre, analizando la realidad, que en ocasiones es más engañosa que la ficción. Creo que la culpa la tienen esos años en los que me dio por escuchar música de cantautores. Por eso ahora escucho música electrónica: para no pensar. El caso es que me pareció que la mejor manera de explicar la noche era contestando a las cinco preguntas que ayudan a elaborar una noticia. Un clásico.

¿Qué? Una iniciativa creada por la prestigiosa revista Vogue y que convierte a algunas de las principales ciudades del mundo en un escaparate de moda y sofisticación. Las tiendas más caras, las más exclusivas, abren hasta las 12 de la noche y ofrecen a sus visitantes desde una copa de champagne hasta descuentos. Alfombras rojas por las aceras, dj’s en directo, escaparates especiales para la ocasión, presentación de nuevas colecciones,…vamos, casi un parque temático del lujo. Por cierto, mientras prácticamente todas las tiendas ofrecían cócteles y champagne, Adolfo Domínguez, en su local de Serrano, invitaba a una degustación de aguas. ¿Es o no es fascinante?

¿Dónde? En Madrid, en el barrio de Salamanca, donde se sitúa Dior, Chanel, Bvlgari, Gucci, Jimmy Choo, Loewe, Louis Vuitton, Prada,… En la calle Ortega y Gasset se levantaba la carpa Vip donde, como sucede en toda zona vip, no cabía ni un alfiler y la sensación de sentirse especial era directamente proporcional a la de sentirse incómodo. Opté por irme a la tienda de Amaya Arzuaga. Siempre he disfrutado ante una creación de esta diseñadora como si me colocase ante una escultura de tela, ante un ejercicio de ‘tejidoflexia’ espectacular. Amaya no estaba allí porque dio a luz a su primer hijo a principios de agosto. Además, sospecho que no le sobra el tiempo a una creadora que prepara una colección para su desfile en Madrid y otra diferente para presentar en París diez días después. Si eso no es una superwoman, que venga la Mujer Maravilla y lo vea.

¿Cuándo? Sucedió la noche del jueves pasado. Era su segunda edición. Confieso que apenas disfruté la primera y este año estaba dispuesto a enmendar mi error.

¿Quién? Todas y todos. Celebrities y anónimos. Gente que propició la crisis y gente que la padece. Muy democrático todo. Por el photocall pasaron Alaska y Mario Vaquerizo, Borja Thyssen y Blanca Cuesta, Carmen Martínez Bordiu y José Campos, Ana Obregón, Miguel Ángel Silvestre, María Adánez, Boris Izaguirre, Nuria March, Paco León, Karmele Marchante,… Inmediatamente noté que aquel no era un buen lugar para Nokia. Allí todo el mundo, con la mínima excusa, sacaba el iPhone o la Blackberry como quien desenfundaba un Colt 45 en pleno oeste. Pero aunque la clase media se mezcle con la clase alta, como si fuera un reportaje de Las joyas de la corona, todavía hay rellanos que separan unos tramos de escalera de otros. Los del iPhone 4 miran con cierta condescendencia a los que, como yo, seguimos con el 3GS. ¡Es tan duro estar a la moda!

¿Cómo? Lo suyo es hacerse el recorrido andando. De todos modos, la organización de este tipo de eventos siempre está en todo y puso a disposición de los participantes unos Audi A1 para que pudieran ir de una zona a otra sin pisar el suelo y llenar así el asiento de atrás de bolsazas de firma. Esa noche, yo fui vip. Disponía de un pasaporte dorado, personal e intransferible, que me permitía el acceso a todas las tiendas, a la carpa vip de bienvenida y hasta al Audi A1 si me daba la gana. La realidad es que el pasaporte servía de poco cuando las tiendas tenían el aforo limitado y se formaban colas para entrar. Sigo pensando que estaba ante una reinvención del concepto de justicia social. Esa noche hicieron cola las que nunca hacen cola. Hacían botellón los que nunca hacen botellón. Para no olvidar todo lo que iba viendo, tecleaba ideas en el iPhone. El teléfono tiene un corrector de palabras y cuando no entiende lo que estás escribiendo, se toma la libertad de adaptarlo a lo que él cree que has querido decir. Por eso, cuando escribí Louis Vuitton, el teléfono escribió Pollos Buitrón. Admito que me deprimió tener un iPhone tan clase media.

¿Por qué? Esa es la gran pregunta. Según la directora de Vogue España, Yolanda Sacristán, para ver a las amigas, tomarse algo y hacer las primeras compras después del verano. Si ese es el fin, hay que reconocer que la excusa es prodigiosa. Me costaba entender porqué la gente hacía colas para entrar en una tienda a la que podrían acceder sin problemas al día siguiente. “Es que esta noche puedo entrar en la tienda, no comprar y que nadie me mire mal”, dijo una mujer. Será por eso.

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