El síndrome de la abuela esclava


Todo sucedió la pasada tarde, cuando quedé con Marta para tomar un café. A los quince minutos de espera, recibí un sms anunciándome un pequeño retraso. Como normalmente soy yo el que llega tarde, no pude hacer otra cosa que aceptarlo con deportividad y aguantar solo en el bar, delante de mi segunda taza de café vacía. Fue entonces cuando me fijé en una señora de unos 70 años, elegante pero no ostentosa, sentada dos mesas más allá. No leía, no fumaba, no miraba a su alrededor ni se entretenía perdiendo la atención en la pantalla de la televisión del bar. En la expresión de su mirada se percibía que no estaba allí, que estaba lejos, en cualquier otro lugar. De repente, un sonido agudo y chirriante, como el de un tenedor rayando la cerámica de un plato, destrozó la calma. “¡Abuelaaa!”, gritó un niño. Junto a él, una cría de pocos años menos se enganchó al cuello de la abuela con una pasión desenfrenada que casi vuelca la silla. Luego entró la que debía ser la madre de las criaturas, con actitud desbordada y varias bolsas en las manos. “Mamá, perdona que hayamos llegado tarde pero es que el tráfico está espantoso”. Y besó a la abuela. “Te los dejo que tengo mucha prisa. Si en una hora no te he llamado, te los llevas a casa, los das de merendar y por favor, que hagan los deberes. Nada de tele que se atocinan”. “Pero si la abuela no tiene Play”, reprochó el niño. “Luego me paso por casa y los recojo. Portáos bien”. Otro beso y salió del bar en un visto y no visto. Los niños empezaron a hacerle preguntas a la abuela que la mujer no sabía, no quería o no podía contestar. Ella solo sonreía, aunque sus ojos no habían abandonado la expresión ausente. “Síndrome de la abuela esclava”, pensé. Recordé un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid que asegura que solo un 18% de las abuelas creen que esa tarea de cuidar a los nietos para que sus hijos puedan conciliar vida laboral y familiar es una obligación y no un placer. Algo me dice que esa estadística no es del todo cierta. Sospecho que el número es mayor pero… ¿quién puede decir en voz alta que está harta de críar hijos para empezar a criar nietos, con lo mal visto que está eso? Las estadísticas hablan de abuelas enfermas de hipertensión, migraña, angina de pecho y depresión. Y en ese instante recibí otro sms de Marta. Acababa de ver una portada de los Mojinos Escozíos y se le había cortado la digestión. Anulaba la cita. No estaba para nadie. Como una abuela.

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