Anne Bancroft


Mañana, día 6 de junio, hará cinco años que murió Anne Bancroft. Y este fue el obituario que escribí en la revista Fancine en aquel momento:


Quizá porque hay días en los que pensamos que uno de los condicionantes de la calidad de vida pasa por serle fiel a la ignorancia; quizá porque mantenernos desinformados nos hace creer que vivimos en un mundo perfecto; quizá por que uno se empeña tanto en desconocer la realidad que subestima el sobresalto, un mal día, cuando menos te lo esperas, frente a un plato de pasta, alguien alude a la muerte de Anne Bancroft. Si usted, lector, es un habitual de esta sección, digna de titularse A dos metros bajo tierra, sabrá que si algo caracteriza a este humilde enterrador es la mitomanía. Puede imaginarse, pues, el número que continuó a la sorprendente noticia, reacción que yo achaqué a un maldito tallarín.

“Todos nos hemos sentido alguna vez como el Benjamín Braddock de El graduado”, me dijo un amigo. Y descubrí que yo no. Yo siempre me había sentido como la sra. Robinson, algo que, entre otras muchas cosas, me hacía bastante más mayor que mis conquistas y remarcaba mi satisfactorio vínculo con el Martini. Por eso, Anne Bancroft formaba parte de mi olimpo cinematográfico. “¿Puedes dejar por un instante de hablar de ti y dedicarle unas palabras a una de las actrices más importantes del siglo pasado?”, me apuntó mi amigo. Y le contesté que no. Que el mejor homenaje que se le puede hacer a una grande es revivirla a través de sus películas. Correr hacia la videoteca y buscar su temperamento tras los movimientos de la Anna Sullivan que le proporcionó un Oscar en 1962; escuchar su voz intensa en Buenas noches, madre; sonreír frente a su mirada traviesa en Trilogía de Nueva York; y emocionarse asistiendo a ese duelo de actrices que es Agnes de Dios –junto a Jane Fonda y Meg Tilly-. Sus interpretaciones siempre estaban a la altura del producto y, en ocasiones, por encima, como sucede con Jesús de Nazaret de Franco Zzzzzzzeffirelli, Grandes esperanzas o A casa por vacaciones, de Jodie Foster. Su magnetismo atravesó los lentes de las cámaras de Jacques Tourneur (Nightfall), John Ford (7 mujeres), Herbert Ross (Paso decisivo) y David Lynch (El hombre elefante) y fue una de las primeras en sentarse en la silla del director, en 1980, con Fatso, basada en una obra suya.

A algunos nos llevó un tiempo entender cómo una gran dama de la interpretación podía compartir su vida con Mel Brooks, un cómico de mal carácter con quien rodó el remake de Ser o no ser, de Lubitsch.

La respuesta quizá esté en que el sentido del humor sea una de las formas más elevadas de inteligencia; quizá porque una grande sólo puede estar al lado de un hombre que le haga reír; quizá porque añore, desde el cielo de las estrellas, la sonrisa en los homenajes; quizá porque ella sabía, mejor que nadie, que el 6 de junio, por sorpresa para algunos, las marquesinas de los teatros de Broadway atenuarían sus luces mientras un tipo corriente, emocionado en tristeza, se pelearía con un tallarín en un restaurante de Palma.

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Un Comentario

  1. Fantástico artículo. Cuando pasó ésto, yo disfrutaba por tercera vez en esos días de la Trilogía de Nueva York. Sentí lo mismo que tú, ante una actriz cuya sóla aparición devoraba la cámara, el plano, lo devoraba tó.

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