Vampiro vs Zombie

Lo que más nos gusta en esta vida es un cachondeo. Y si la juerga viene acompañada de una capa de Kriolán, una buena sombra de ojos y un Sorbitol con colorante rojo, eso ya…no tiene nombre. Y como los americanos son mucho de un espectáculo, Halloween acabará, si no lo ha hecho ya, devorando por los pies al tradicional Día de Todos los Santos. La impactante escena con la que inicia Pedro Almodóvar su película Volver, ese traveling circulando frente a una legión femenina aseando las tumbas familiares como si fueran su segunda residencia, nunca mejor dicho, acabará convertida en material de filmoteca, de archivo histórico para consulta de futuros antropólogos que crecerán en un país en el que los vampiros, los travestis de Transilvania y, por su puesto, los zombies, convertirán en polvo las flores de las lápidas. “Cómo nos puede gustar tanto disfrazarnos”, me comentaba Marta mientras se difuminaba el maquillaje a lo Morticia Adams. “Lo hacemos todo el año, más allá del carnaval. Nos disfrazamos en Navidad, en Halloween y hasta en Semana Santa si me apuras”, añadió. Tampoco me pareció tan extraño. Antaño, los disfraces tenían una connotación religiosa. Los hechiceros de las tribus se ponían pieles de animales encima para obtener sus habilidades. “Qué curiosa coincidencia, mi tía Josefina se acaba de comprar un abrigo de piel de zorro”, apuntó Marta. No dije esta boca es mía, que en todas las casas cuecen habas. “¿Cual es tu disfraz favorito de Halloween?”, preguntó Marta. “El mío es el vampiro”, declaró. “Adoro a ese ser. Y no sólo por su capacidad succionadora, que valoro mucho, sino porque representa la ilusión de la inmortalidad. Y con ese punto romántico que nos obliga a tenerle compansión por no poder amar ni odiar, por carecer de sentimientos,…” “Tranquila Mary Shelley”, interrumpí. “El zombie está en su mejor momento, muy superior al vampiro”. Y apunté lo mucho que me interesaba el nacimiento capitalista del zombie, porque en el fondo nace de un deseo implacable por obtener mano de obra barata, ya que proviene del vudú, de la intención de unos hechiceros por emplear a los muertos como esclavos. “El zombie es el personaje terrorífico favorito de los empresarios, fijo”, añadí. “Además, lo espeluznante de los zombies no es su rapidez en el ataque, ni su fuerza; es su cantidad. Al ser una maldad contagiosa, se multiplican como conejos”. En ese momento llamaron al timbre. Era nuestro amigo Josep disfrazado de Mayor Oreja, sonriendo con ‘extraordinaria placidez’. Creo que fue lo más sobrecogedor que he visto en años. Más que el zombie y el vampiro juntos.

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