El arco de la humillación


Los romanos, que siempre han sido muy dados a la conmemoración, levantaron decenas de monumentos con el fin de evocar una victoria militar. Dedicado a un general triunfador, el arco se alzaba irrebatible, majestuoso, indiscutible, en un lugar privilegiado de la ciudad. Hoy, esos arcos del triunfo han ¿evolucionado? hacia una nueva construcción policial creada para sobreponerse a una derrota. Todos los aeropuertos, estaciones y puertos cuentan con uno, infranqueable si pretendes cruzarlo con un potito de bebé, una crema hidratante o unas pastillas para combatir el colon irritable. “Cada vez que me veo en esta situación juro que nunca más volveré a viajar”, se quejaba Marta, con su vida colocada en una bandeja, haciendo cola para ser inspeccionada como una sospechosa más. Me fijé en sus ojos y noté ese brillo que los ilumina cuando Marta está dispuesta a saltar sobre su presa. Desde que esta semana diferentes medios de comunicación desvelasen el anexo del reglamento de la UE que pone en evidencia la arbitrareidad, y ¿por qué no decirlo? chulería, con la que las fuerzas de seguridad afrontan su responsabilidad en los controles aeroportuarios, Marta está deseando cruzar bajo el ‘arco de la humillación’. Y, por una vez, creo firmemente que mi amiga tiene más razón que un santo. Todos estamos dispuestos a sacrificar una parcela de nuestra libertad a cambio de seguridad. Pero los controles de los aeropuertos se han convertido en pequeños reinos de taifas en los que sus responsables se han tomado la justicia por su mano, han humillado a los pasajeros hasta extremos indignates y, por si eso fuera poco, se han llevado a casa interesantes cargamentos de colonias de marca, gomina, cremas y hasta vinos -los tránsitos son la principal trampa en estos casos- requisados a los pasajeros. Lo más pernicioso de todo esto es que el ocultismo comunitario sólo ha servido para dejar más indefenso al usuario ya que ni siquiera sabía que podía reclamar. ¿Cómo acogerse a una norma si resulta que es secreta? “Señorita, ¿puede quitarse las botas, colocarlas en una bandeja y pasarlas por el scanner?”, le indicó el de seguridad a Marta. “Tranquila, tranquila, cuenta hasta diez…”, le susurré al oído. Pero ya era demasiado tarde. “Nada indica en la norma comunitaria que usted pueda obligarme a desprenderme de mis zapatos. Mi obligación es poner a su disposición abrigos y chaquetas. Hacerme cruzar el arco descalza es un abuso de autoridad por su parte y una vejación. ¿Sabe por dónde me paso yo su chulería? ¡Por el arco del triunfo!”, contestó Marta. Ya es la tercera vez que perdemos un avión por esa causa. Pero mejor perder un avión de pie que viajar arrodillados.

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