¿Hemos dejado de ser románticos?




Esa fue la pregunta. Y encima, en la misma semana que celebrábamos
San Valentín. Fue como esas preguntas trascendentes, que llegan encaramadas por un asterisco, como avisándonos de esa nota explicativa a pie de página que tiene que aportar algo a la propia incógnita para así diferenciarla del resto y hacer más compleja su respuesta. Era una pregunta de vida o muerte; porque pensar que uno ha perdido su capacidad de romanticismo es una manera de marchitarse. Y todo por culpa de Joe Wright y su película, Expiación. Mejor película en los Globos de Oro 2008 y en los premios BAFTA; siete nominaciones al Oscar, incluida mejor filme y mejor guión (Christopher Hamptom, un referente para cualquier guionista desde Las amistades peligrosas), y un número uno en taquilla. Un palmarés dorado para esta cinta basada en la novela del mismo título de Ian McEwan (para muchos superior a Sábado) y que narra una historia de amor eterno marcada por una mentira y un error infantil. Una aventura romántica que…a mí me importó un pimiento. Los premios, las recomendaciones de los amigos y conocidos, y las críticas me empujaron al cine. Y a la salida, caminando como un tipo extraño que había comprobado que su capacidad de emoción estaba bajo mínimos, descargada como una batería vieja, solo pude preguntarme: “¿Y si he dejado de ser romántico?” Confieso que la película empieza estupendamente pero a partir del primer acto, aquello se convierte en otra historia que me interesa tanto como la carrera musical de Sonia Monroy. Y los espectadores ensalzaban la obra, se reconocían conmovidos, y yo, nada. No sé si el romántico nace o se hace pero, en mi caso, se deshace. Porque lloré como un bendito viendo West Side Story, y Love Story y todas las ‘storys’ de amor truncado. “Eso no significa que hayas dejado de ser romántico”, me consoló Marta. “Significa que has dejado de ser cursi”. Ahora me siento mucho mejor, pensé. Desde ese día, llamo a la película de Wright, Exfoliación, porque me ayudó a eliminar las células muertas de mi emoción a base de una acción química o física. Es como el Frenadol, que no te gusta, pero ayuda.



Este artículo se publicó el 16 DE FEBRERO DE 2008
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