En el nombre de Billy


El 28 de marzo de hace 12 años murió Billy Wilder, posiblemente, el mejor guionista y director de la historia del cine. En aquella ocasión, la revista Fancine me pidió un obituario y yo escribí esto:


Soy, en esencia, mitómano. Es una enfermedad apasionante aunque se nos va la vida con cada sueño que se desvanece. Imaginé que nunca iba a suceder. Que ante la escasez de genios no estaba el planeta para deserciones.

Desde una entrega de los Oscars en la que Trueba me mostró la luz, cada noche rezaba a Billy Wilder. Pero esa noche, la del 28 de marzo de tal año como hoy, el hombrecillo de mirada irónica, verbo procaz y mente ingeniosa no contestaba. No era una noche calurosa y dudo mucho que oliese a madreselva, algo que Walter Neff si percibía en ‘Perdición’.

Me encomendé a aquella ‘Ninotchka’, la soviética que logró que Greta Garbo riera, y al gigoló que tanto se parecía a Charles Boyer en ‘Si no amaneciera’. Me abracé a mi libro sagrado (‘Conversaciones con Billy Wilder’, de Cameron Crowe) y juré que, como los protagonistas de sus películas, cuando tuviera que elegir entre dinero y felicidad, elegiría lo segundo, para señalar mi grado de madurez. Apostaría por el individuo antes que por el grupo, amaría y criticaría mi sociedad a partes iguales, exploraría la realidad burlándome del reflejo en el espejo o estremeciéndome al paso del dolor, me travestiría siempre que una banda de gángsters se cruzase en mi camino y haría de mis crisis de identidad una carcajada a medio camino entre la obra maestra y la genialidad.

Cumplí con la tradición y me arrodillé ante mi altar catódico cuando Ray Milland, en la piel de Don Brinam, le dice a Jane Wyman en ‘Días sin huella’: “Estoy intentando no beber”. Y ella le responde: “Sí, estás intentando no beber como yo estoy intentando no quererte”. Y cuando Norma Desmond desciende las escalinatas de su mansión en Sunset Boulevard convencida de ser Salomé mientras Joe Gillis flota en la piscina de ‘El crepúsculo de los dioses’. O cuando Fran Kubelik (Shirley MacLaine) te deja boquiabierto, en ‘El apartamento’, con un contundente “Si te enamoras de un casado, no te pongas rimmel”.

Iba perdiendo las fuerzas, como si de mí dependiera introducir la Coca Cola en el mercado ruso en plena guerra fría. Mi fe comenzó a desdibujarse como el rostro de ‘Fedora’. Prometí que si nada de “eso” que me habían dicho había sucedido, visitaría con más asiduidad los templos de ‘En bandeja de plata’,’Primera plana’, ‘Testigo de cargo’, ‘Irma la dulce’, ‘El gran carnaval’ o ‘La tentación vive arriba’.

Me hice un combinado musical con unas gotitas de Waxman, un chorrito de Previn y una rodaja de Deutsch y me senté a esperar. Uno piensa, y más si padece mitomanía, que “eso” no te iba a pasar nunca. Pero, qué quieres que te diga, nadie es perfecto.

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