El padre moderno y el niño salmón

Amigo, no entiendo nada, empezando por mí mismo. El detonante de todo esto no ha sido otra cosa que asistir a la materialización del padre moderno. Me explico, que diría Fraga. Volví a visitar a Juana y Mateo, aquellos amigos que tienen un hijo de 6 años con un cociente intelectual de 154. “Yo es que no soy un padre para Mateo -el crío se llama como el progenitor-; soy un amigo”, dijo. No sentía un malestar así desde aquel día de borrachera que me dio por imaginarme a Rabasco desnudo. Mateo padece una mutación del gen de nuestros padres que, tras varias generaciones sometidas a las radiaciones de lo políticamente correcto, presenta una malformación en el carácter que los hace francamente insoportables. “Comparto con Juana esos espacios de la educación tradicionalmente ligados a la mujer. No tengo problemas en expresar mis emociones y que el niño lo vea. No marco diferencia de roles. Sustituyo el azote por la ternura y el diálogo y hacemos muchos planes juntos. Vamos, que lo he compartido todo menos la lactancia”, apuntó. “Pues deberías probarlo. Tiene su punto”, dije, sin lograr ningún tipo de empatía. Mientras, Mateo veía en el dvd la serie Cosmos, de Carl Sagan. “Y…¿no debería estar jugando con sus amigos?”, pregunté. “Prefiere ver documentales. Si algo te enseña la vida es que no se puede ir contracorriente”, dijo Mateo. Ahí estaba el padre del mes; el mismo tipo que le hacía ‘calvos’ a la policía en el Marítimo convertido en un consejero espiritual progre. Aprovechando un descuido paterno, fui a charlar con el pequeño Mateo. “Te voy a contar una cosa. Yo, cuando tenía tu edad, era como tú; tímido, prudente, tranquilo,…un niño modelo para mi madre. Hasta que un día me dí cuenta que lo que yo quería ser de verdad era un niño salmón. Avanzar contracorriente, no aceptar ‘lo normal’ como norma y conocer qué había más allá de la vereda del camino”, narré orgulloso. El pequeño Mateo apretó el botón de pausa del dvd, giró lentamente la cabeza hacia mí y dijo: “¿Eres gay?” No comprendo el motivo que me empujó a intentar conversar con ese ‘espasita’ que tiene Mateo por hijo. Eso me pasa por no recordar aquel consejo paterno de que no es bueno el que ayuda sino el que no molesta.

(Artículo publicado el 27 de noviembre de 2005)

Han pasado cinco años y aún hoy sigo encontrándome con niños salmón. Menos mal.

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