La presunción de culpabilidad

Si hay algo recurrente en las declaraciones de la clase política española de los últimos 25 años es su férrea, en ocasiones hasta sobreactuada, defensa de la presunción de inocencia. Es natural defender ese principio jurídico sobre el que se sustenta cualquier Estado de derecho que merezca ese nombre. Pero eso no impide que me sorprenda el uso que hace de ese principio la clase política, especialmente la ligada al poder.

Lo primero que he notado es que su presunción de inocencia es más respetable que la de los demás. De hecho, en los últimos meses, se ha convertido en el único argumento del partido del Gobierno para ignorar sus responsabilidades. No les he visto defender con la misma pasión y argumentos la educación para todos, la sanidad pública, la necesidad de los servicios sociales, los derechos adquiridos durante años,… hasta me atrevería a decir que no les he visto defender la democracia con la misma intensidad con la que protegen, ellos y sus portavoces mediáticos (léase Paco Marhuenda y afines), su presunción de inocencia.

Todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Para la clase política es conveniente añadir “hasta que un juez demuestre lo contrario”, que aquí somos muy aficionados a los juicios paralelos y al final pagan justos por pecadores.

No seré yo quien relativice la presunción de inocencia, como hacen ellos. Pero sí me concedo la libertad de reflexionar sobre el uso que hacen de ese principio fundamental los políticos en cargos públicos. Para ellos es la excusa perfecta que todo buen demócrata jamás podrá cuestionar y que, mientras tanto, les permitirá no cumplir con su responsabilidad. Saben mejor que nadie, que para eso se encargan de poner y quitar jueces, que los tiempos de la Justicia son más lentos que Paquirrín haciendo sudokus.  De esa manera, en la mayor parte de los casos, la sentencia llega cuando el culpable ya está en su casa, jubilado de algún importante consejo de administración, o cuando el delito ha prescrito. Se llevan las manos a la cabeza, se escandalizan de nuestra vergonzosa falta de valores democráticos cuando verbalizamos que no nos fiamos de ellos, que pensamos que nos mienten, que sus explicaciones insultan nuestra inteligencia y que los hechos son hechos, mucho antes de que lo diga un juez.

Desde la superioridad que proporciona saberse gente corriente, personas para las que no existe presunción de inocencia, observo a la clase política. En especial a la que nos gobierna. Nosotros, por ejemplo, somos presuntos terroristas. Como tales nos tratan cuando tenemos que subir a un avión y nuestra presunción de inocencia desaparece cada vez que nos tenemos que descalzar para cruzar el arco de seguridad. Como delincuentes nos trata la policía cuando mostramos nuestro rechazo a la corrupción dentro del Partido Popular y lo hacemos frente a la sede de ese atropello. Nos intimidan como si los delincuentes fuésemos nosotros y no algunos de los que están dentro de Génova 13. De hecho, los protegen a ellos de nosotros, cuando la lógica me dice que debería ser al revés.

Como resultado de mi observación, me siento capacitado para demostrar, con datos científicos, que la presunción de culpabilidad que contamina a los dirigentes del PP está perfectamente justificada. Les aporto los datos; las coincidencias corren de su cuenta.

Un estudio de la universidad de Southampton asegura que una persona, durante una conversación de diez minutos, suelta al menos tres mentiras, además de un alto número de omisiones y alguna que otra exageración.

Otro estudio de la universidad del Noroeste de Chicago apunta que se puede aprender a mentir hasta el punto de que ninguno de los medios convencionales que emplea la Justicia sería capaz de detectarlo. El estudio subraya que el tiempo que transcurre entre el delito y el interrogatorio es suficiente para armar una mentira más o menos perfecta.

Un estudio de la universidad de Notre Dame de Indiana demostró que la mentira tiene un impacto negativo a nivel físico y psicológico. Cuando el nivel de mentiras subía, la salud de los participantes en el estudio empeoraba. Vamos, que la mentira incide en nuestro bienestar.

Existe un estudio de la universidad de Toronto que ha mostrado que los niños que mienten a una edad más temprana tienen más posibilidades de alcanzar un buen trabajo en el futuro. Vamos, que el proceso cerebral de la mentira es un indicador de la inteligencia.

Menos mal que aún es agosto y soy capaz de bromear con una realidad que no tiene ni puta gracia.

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  1. liya

    efectivamente Sr Paco Tomas
    completamente de acuerdo(como siempre),gracias
    Un besazo

  2. Miguel Amarillo

    A los políticos y a todos, en fin, se nos olvida que la presunción de inocencia es impepinablemente paralela a la presunción de culpabilidad queramos o no, y tu dices bien: “los hechos son los hechos, mucho antes de que lo diga un juez”.
    Siempre me quedo admirado de tu coherencia Paco, y en estos momentos muerto de ganas de volverte a oir otra temporada.

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